Por Sebastián Negri –
Hace treinta años el legislador radical de Mendoza Raúl Baglini registró una frase que sirve para explicar el comportamiento de los actores de la política: “Cuando más lejos se está del poder, más irrazonables son las propuestas; cuando más cerca del poder, más sensatos y razonables se vuelven”.
La frase es increíblemente útil para leer el inicio del gobierno liderado por el PRO y su relación con el Peronismo en su versión “racional”, integrado mayoritariamente por los gobernadores jóvenes del PJ. Ambos espacios políticos parecían perfectamente complementarios: 1) Ambos gobernaban, unos la Nación, la Capital y la Provincia de Buenos Aires, el otro más de diez provincias del Interior; ambos veían como rivales a Cristina y a la UCR; ambos querían mantener buenas relaciones con los sectores empresarios, la banca internacional y gobiernos extranjeros; ambos deseaban pagar los sueldos a tiempo, hacer obras y que el país creciera lo más posible para aspirar a reelegirse en 2019 en los distritos que gobernaban. Mauricio Macri pondría en palabras la alianza táctica del club de los que gobernaban: “ayudémonos mutuamente”. El mensaje implícito seguía con un: “hasta 2023”.
Los dos primeros años del gobierno de Cambiemos estuvieron llenos de gestos de esta confluencia de intereses, salvo la excepción de la Ley antidespidos, olvidada rápidamente. El problema es que esa alianza iba en contra del teorema de Baglini. ¿Por qué? Porque pese a los viajes al exterior para saludar a líderes mundiales, el buen trato de la prensa nacional y las ayudas para financiar a las provincias, la cercanía con el Poder, como pedía Baglini, no se alimentaba de cocteles en las embajadas. Las elecciones del año 2017 fueron para varios gobernadores peronistas un baño de realidad. Las derrotas “racionales” en varias provincias en manos de la “ola amarilla” mostró la distancia exacta del Poder de este grupo de gobernadores. De un lado quedaban los globos amarillos y el baile en vivo, del otro las caras largas y explicaciones de ocasión. Ni siquiera podían sostener su expectativa de mínima, que era sobrellevar lo mejor posible un gobierno del PRO, con posibilidades de reelegirse en 2019. El golpe de realidad fue aún peor, cuando en el envión de la victoria, el PRO los acorraló para votar favorablemente la reforma jubilatoria, que implicó un recorte en los haberes de millones de personas.
Resulta además que en este juego del poder hay además dos actores que no son de reparto: Cristina y la UCR. Ambos por su lado debieron aprender a ocupar un rol al que no estaban acostumbrados. Ser minoría en la oposición, unos, y serlo en el gobierno, otros. Unos bajo las luces de Comodoro Py y el periodismo judicial, el otro con pocos espacios para discutir sus propuestas de gobierno. Pero aprendieron. Cristina a dejarle el centro de la escena al PRO y el radicalismo a levantar la voz luego de un cambio en la conducción del partido.
La discusión de la actualización de las tarifas de gas y luz del mes de abril de este año mostró un nuevo panorama. Con el radicalismo reclamando atenuar la suba por los medios, el peronismo “racional” votando contra el PRO y unidad ciudadana adoptando un inesperado bajo perfil. La reacción del PRO evidenció su frustración. Expuso a los radicales a hablarle al país en una virtual cadena nacional desde la vereda de la Casa Rosada y ante una maraña de micrófonos, con la victoria mínima de haber conseguido del PRO una suba de tarifas en cuotas. Al peronismo “racional” Macri lo acusaría de seguir las “locuras” de Cristina.
Para peor se acabaron los dólares. Volvió el FMI y la ilusión de un 2019 de reelecciones fáciles se alejó también para el PRO, que apareció más desnudo y solo que nunca en la pirámide de Poder. Con muchísima dificultad, y con el objetivo de pasar el ajuste por Congreso, en estos días intenta hacerle tragar nuevas píldoras de “racionalidad” al peronismo, ahora autodenominado “republicano”. La respuesta es irónica. Puede que el PRO tenga éxito o no, pero lo más probable es que su reescritura del teorema de Baglini fracase. La nueva “racionalidad” no sería producto de las habilidades del PRO para conseguir sensatez entre quienes están lejos del Poder, sino de la expectativa de todos los actores de arrebatarselo en 2019.