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Increíble discurso pronunciado por Abunda Lagula, de Tanzania, al recibir el Nobel de Literatura

Como no sé mucho de formalidades –ni pretendo saberlo– saludo y agradezco por igual a todas y todos los presentes. Es para mí un honor estar hoy aquí, delante de tanta gente distinguida, sabiendo que el mundo entero está viendo esta ceremonia. Espero, por tanto, no defraudar a nadie con estas humildes y breves palabras que, por fuerza, debo pronunciar. Si defraudo, espero que no sea demasiado. Y en el peor de los casos, si defraudo demasiado, espero sepan perdonarme. Por último, el Premio está ya otorgado, y eso demostraría que fue un error concedérmelo, como yo efectivamente pienso.

No sé si en verdad me merezco tan alto galardón. En lo personal, creo que no. Me atrevo a pensar, incluso, que efectivamente fue una equivocación. Yo, como tantas veces lo he dicho, no soy un escritor; muchos menos, un escritor genial que se merezca esta distinción.
Quiero empezar mi discurso excusándome si no puedo expresarme con toda la soltura y belleza que se esperaría lo haga un Premio Nobel de Literatura. Sucede que mi lengua materna no es el inglés, sino el suahili, idioma que hablé toda mi vida con mucha mayor propiedad, desde mi aldea natal en la selva hasta el día de hoy. Si he escrito en la lengua de Shakespeare –con todo el perdón de los clásicos puristas británicos– eso se debe a la herencia que la Reina de los Mares nos legara, a partir de la intromisión que tuvo en nuestro continente. ¿Ustedes se imaginan a la Reina de Inglaterra o al Presidente de la Cámara de los Lores hablando suahili? Yo, realmente, no. ¿Y por qué yo tengo que hablar en inglés? ¿Por qué hoy tengo que llevar este –perdónenme por el epíteto– estúpido traje negro y este –para mi gusto al menos– ridículo moño? ¿Usaría el Primer Ministro británico nuestros trajes típicos para alguna de nuestras ceremonias?
De todos modos, no quiero insistir con esta cuestión de las presentaciones: hablo en inglés, pobremente quizá, y uso un traje que me resulta incómodo. Pero no deseo extenderme en este aspecto sino excusarme, en segundo término, por mi falta de información. No podría, ni remotamente, lucirme con una parafernalia de datos sobre la historia y la situación actual de mi país: Jamhuri ya Muungano wa Tanzania –mi raza, mi continente– como lo hiciera en una ceremonia similar mi –me provoca cierto nerviosismo pronunciar la palabra– «colega», el también galardonado con este premio, el latinoamericano García Márquez. En ocasión de recibir su premio, aquí mismo, hace ya años, asombró a todos con una pieza oratoria tan llena de datos, tan rica en información, que creo le podría valer, ella misma, otro premio. No, yo no dispongo de todo ese saber. Sé que vengo de un lugar pobre, uno de los lugares más pobres del planeta, con más hambre que otra cosa, pero no podría abundar en precisiones al respecto. Ahí están los informes de Naciones Unidas para eso.
Créanme: no soy escritor, no me tengo por tal. Fui en mis años juveniles, igual que otro colega, también ganador del Nobel –Saramago, el vate portugués– cerrajero. Si fuera un lírico, un exquisito maestro de las letras como lo es él, podría decir que ese juvenil oficio me permitió, años después, abrir los cerrojos del espíritu humano. Pero no, los defraudo. Creo que sigo siendo, de alma, más cerrajero –y mecánico de automóviles, y maestro rural, como también lo he sido– que escritor.
Llegué a la literatura casi fortuitamente, nunca me preparé para eso. No estudié formalmente nunca nada ligado a las bellas artes, no asistí a taller literario alguno. Lamento decepcionarlos si esperaban otra cosa. Empecé a escribir casi como una necesidad visceral: no podía quedarme callado ante las calamidades que a diario veía en mi país, la miseria, la injusticia. Era tan horripilante todo eso –y sigue siéndolo, sin dudas– que me pareció necesario dejar constancia ante la historia de tanta monstruosidad. ¿Por qué los negros sufrimos tanto? Como no tenía cámara fotográfica ni teléfono celular para tomar fotos, y mucho menos como no podía plasmarlo en una película, pensé que tenía que escribir sobre esa realidad. De haber tenido habilidades plásticas, se los aseguro, hubiera pintado; de más está decir que no las tengo.
Como ven, entonces, no soy un inspirado por las Musas. ¿Los sigo defraudando? Simplemente me limité a poner en un papel –les aclaro que jamás he usado una computadora para escribir– lo que sentía sobre lo que veía a diario. ¿Ustedes saben lo que es comer cada dos días… con buena suerte, claro? No pretendo en absoluto ser melodramático y contarles las infamias más grandes que se puedan imaginar buscando conmoverlos y hacerles derramar una lágrima. Creo que eso es una inmoral pornografía de la miseria. Si quieren conmoverse, visiten los lugares de donde yo vengo, y que me inspiraron a escribir aquello por lo que hoy me premian.
Insisto: no sé si soy merecedor de esta tan distinguida presea. No soy un escritor bello –no estoy hablando de «mi» belleza; me considero más bien feo, de verdad. No soy un estilista, un sutil y delicado rapsoda, un mago de las palabras. Hay muchísimos que así han entendido la literatura– y yo también, en definitiva, creo que eso es el arte literario. Pero yo no soy de esos. Soy más bien rústico, torpe incluso. No pinto bellezas; hablo, simplemente, de la sufrida vida de mi gente, de mi sufrida vida.
Intuyo que se me confiere ahora este premio con un valor simbólico: un negro –¡un negro!– de uno de los países más pobres que hay. ¿No se trata de una compensación, una forma de resarcimiento? Los que han leído mi obra –que por cierto no son muchos– saben que no soy un elegante maestro del lenguaje. ¿Por qué, entonces, este galardón? Lo agradezco, claro, no dejo de estar contento; creo que es importante aceptarlo, justamente porque soy un negro de un país extremadamente pobre. ¿Pero no es un poco tardío el reconocimiento?
Les aseguro que no soy un resentido contra los blancos. Aunque no les interese saberlo –nadie me lo está preguntando– uno de mis mejores amigos en mi país es un blanco. Ustedes, los aquí presentes, la reina de Suecia, toda esta gente importante y acostumbrada a llevar estos trajes que a mí me parecen camisas de fuerza pero que, para ustedes, son algo de lo más cotidiano, todos ustedes no son los responsables directos de nuestras infinitas penurias, como negros y como pobres. ¿O si?
¿Quién es el culpable, entonces? En lo que hoy día es Tanzania se sabe que apareció el primer ser humano de la historia, hace varios millones de años, y de allí se desplazó por todo el planeta. Por lo que, permítaseme decirlo así, los blancos, rubios y de ojos celestes actuales son negros desteñidos. ¿Por qué quedamos tan atrasados? ¿Por qué hemos debido sufrir tantas tropelías? ¿Ustedes se imaginan Europa repartida desde un escritorio, o debajo de un árbol, en una reunión de los jefes africanos? La Conferencia de Berlín no fue un chiste, un invento, una quimera. Ahí repartieron mi continente, mi gente, mis recursos, como niños que reparten un pastel. ¿Lo sabían, verdad? El 26 de febrero de 1885, en Berlín, Alemania, 14 varones representantes de otros tantos países –ninguno africano, valga aclarar–, y presididos por el canciller teutón von Bismarck, sentados frente a un mapa del África jugaron a repartirse el continente.
Ustedes, se los digo con todo corazón, ustedes no son los responsables. Ustedes heredaron esa historia. Ustedes son blancos, ricos, que no saben nada de lo que es el hambre, y que hoy –¡qué bueno que así sea!– pueden tener un poco de conciencia, de vergüenza mejor dicho, y pensar en promover un símbolo como lo que en estos momentos se está consumando en esta sala: reconocer la monstruosidad que sus antepasados cometieron premiando, quizá inmerecidamente, a un negro, con un preciado trofeo internacional.
Yo se los agradezco, muy hondamente, con toda mi alma. Pero vuelvo a decirles lo mismo: quizá no soy merecedor a esto en tanto escritor. Quizá, sí, en tanto negro, en tanto pobre. Hasta ahora he sobrevivido muy magramente, con trabajitos informales o con sueldos del Estado. Ya se imaginan entonces cómo puedo haber sobrevivido. Nunca viví como escritor. Quizá ahora, devenido Premio Nobel, mi suerte cambie. No me atrevería a decir: mi próxima «buena suerte»; simplemente una suerte distinta. Quizá, como dijo otro colega –ya le perdí el miedo a esta palabra, ya empezó a gustarme–, el igualmente laureado con el Nobel, sobreviviente a los campos de concentración, y símbolo también, el húngaro Kertész, una vez obtenido ese galardón conoció la tercera dictadura, luego de la nazi y la bolchevique: la dictadura del dinero –la menos incómoda, se apresuró a aclarar. Tal vez eso me suceda: ahora llegarán los laureles, los reflectores de la prensa, los amigos que son como sombras: aquellos que lo siguen a uno solamente porque hay sol. Tal vez –yo diría que casi con seguridad así sucederá– me atosiguen con conferencias y presentaciones públicas. ¡Yo, un modesto cerrajero y maestro de escuela! ¿No es un poco desproporcionado todo esto? ¿Qué podría transmitirles yo?
Probablemente ustedes esperaban un brillante intelectual, un experto en cuestiones literarias, un profundo pensador. Pues no. Déjenme decirles que no soy eso; aunque quisiera, no podría serlo –y sigo decepcionándolos. Por otro lado –aclaración importante– no quiero serlo tampoco. Ahora ocupo un cargo medio en el Ministerio de Educación de Tanzania. No sé si realmente hago bien lo que hago, pero al menos creo mucho en lo que llevo a cabo. En mi país alrededor del 30 por ciento de la población no sabe leer ni escribir –eso se ve mucho más aún en las mujeres. Por eso, les decía, desde el Ministerio tenemos tanto que hacer por delante.
Imagínense: en un país de analfabetos, donde llegar a la escuela secundaria ya es muy difícil, y la Universidad es casi un lujo inaudito, ¿a quién le pueden importar unos cuantos cuentos sobre la miseria diaria? Allí la miseria se vive día a día, hora a hora, no es necesario leerla en un libro.
Por todo eso creo que es algo desmedido estar recibiendo el Premio Nobel hoy aquí. Podría no aceptarlo, como en su momento hizo Jean-Paul Sartre. Pero, en realidad, no me parece lo mejor proceder así. Lo acepto, siempre con la idea que no lo merezco, que hay mejores escritores que yo –y lo digo muy sinceramente; yo soy un simple juglar popular que habla de las cosas cotidianas, de la miseria cotidiana. Pero lo acepto justamente por el valor de símbolo que entiendo conlleva. Lo acepto, con una condición: que los aquí presentes tomen todos –yo ya lo tomé– el genuino compromiso de revertir la situación que vive el África.
Sí, así como oyen. ¿Los decepciono? ¿No se esperaban esto? Bueno, perdonen, pero creo que no estoy pidiendo nada fuera de lugar. ¿En nombre de qué derecho mi población, mis hermanos, fueron convertidos en esclavos? ¿Con qué derecho nos han saqueado históricamente como lo han hecho las potencias occidentales? ¿Por qué estamos condenados a ser los vencidos, los olvidados, los marginales, los miserables? ¿Por qué tenemos que vivir de las infames limosnas de la caridad internacional, siempre deficientes, siempre a destiempo? ¿Con qué derecho se nos quiere hacer pagar una inmoral, insoportable y nefasta deuda externa que ningún habitante del África ha contraído directamente? ¿Cómo olvidar los siglos de explotación, de ignominia, de degradación que nos tocó soportar, solo por ser negros? ¿Por qué estamos condenados a soportar una enfermedad como el VIH-SIDA, guerras fratricidas que nos inventan desde fuera de nuestras fronteras, saqueo inmisericorde de nuestros recursos? ¿Y si fuera cierto que pedimos que, a partir de ahora, la monarca del Reino Unido de Gran Bretaña y la Irlanda del Norte –y por qué no también sus súbditos– hablen idioma suahili? ¿Y por qué tenemos que aceptar tomar Coca Cola y comer Mc Donald’s? ¿Acaso no tenemos comidas decentes en nuestros pueblos? ¿Con qué derecho se considera que «la cultura» debe tener por símbolo un Partenón griego –como es la representación de la UNESCO– y no, por ejemplo, uno de nuestros bohíos? ¿Quién nos ha hecho creer que los blancos son más «cultos» que los negros? ¿Por qué los negros estamos condenados, si bien nos va, a ser deportistas profesionales? –los gladiadores modernos para el circo contemporáneo. ¿Acaso los negros no podemos ser más que delincuentes cuando habitamos en el mundo de los blancos? ¿Es ese nuestro destino? ¿Inmigrantes ilegales, ladrones, barrios marginales?
Acepto su blanco premio, señoras y señores, sólo a condición que ustedes reconozcan en público, aquí, delante de todas estas cámaras de televisión, que con un Premio Nobel dado a un negrito no se está resarciendo una mierda la infamia histórica, el despojo descomunal y la injusticia infinita que se ha cometido en contra de nuestros pueblos.
Acepto este blanco premio, no diré manchado de sangre, pero sí condicionado por sus asquerosos billetes de bancos occidentales, sólo a condición que quede claro que esto es un inicio –algo payasesco por cierto– de un proceso de reparación que debe llevar años, siglos quizá. ¿Quién nos va a devolver los bosques desaparecidos? ¿Quién, cómo y cuándo va a pedirnos perdón por la esclavitud a que nos forzaron? ¿Creen ustedes, por casualidad, que este premio remedia algo? ¡Ni mierda! Pero lo acepto de todos modos. Muchas gracias.

Un tal Abunda Lagula de Tanzania

 

¡QUÉ PASTILLA!

¡Qué pastilla me comí el otro día!

Supongo que no fui el único; por lo menos también cayó la persona que me mandó el mail. Y sospecho que, con el zonzo entusiasmo que me hizo reenviar el mail a cuanta dirección tengo, muchos más se comieron la misma pastilla.

Resulta que, como siempre, abro la compu para enterarme de las novedades.  No de “como está el mundo”, apenas de lo que he recibido como novedad. Abro y en el primer correo, trasmitido por una persona que siempre me manda cosas serias,  venía un notición: el discurso del ganador del Premio Nobel de Literatura.

Un tal ABUNDA LAGULA de Tanzania.

Allí estaba un primer indicio que pasé por alto…¿Abunda la gula?

¿Cómo no se me ocurrió leer dos veces! Lagula…la gula…me comí esa pastilla como el zonzo que soy y seguí adelante.

Parece natural que en Tanzania los apellidos comunes nos suenen raro…¡No vas a pedir que se llamen Perez o Rodríguez!

Si bien es molesto o risible que algún gringo confunda Uruguay con Paraguay, en el caso de apellidos de países tan desconocidos para nosotros como Tanzania, todo puede ser.

¡Hay que ser zonzo, mismo!

Además, el discurso de aceptación del Premio estaba buenísimo. Me lo devoré. Decía lo que uno siempre quiso que alguien les dijera a esos empirigotados blancos y rubios que desde Europa nos miran como a macacos con cierta  inteligencia.

¡Por fin alguien les reprochaba el Colonialismo! El reparto infame que hicieron en 1885.

Presididos por Bismark, en Berlín, los representantes de las 7 naciones europeas, blancas y “civilizadas”  descuartizaron un Continente. Se repartieron  África con menos delicadeza de la que tienen los carniceros cuando despiezan una res.

Francia que quería unir sus posesiones del Atlántico con las que ambicionaba sobre el Índico logrando así una franja continua. Inglaterra, que quería lo mismo de Sur a Norte, uniendo en una franja continua Sud África con el nominalmente “independiente” Egipto y había chocado con la primera disputando el Sudán. Portugal y España que conservaban restos de su pasado imperial. Italia que ya poseía Libia y ambicionaba el Reino milenario de Etiopía. Alemania, que quería su pedazo del pastel y también ambicionaba unir Namibia con Tanzania navegando el imposible Zambeze y…¡el premio del que parte y reparte: Belgica.

Su Rey Leopoldo, había sido el infatigable negociador logrando el ansiado consenso entre los colonizadores.

Como “premio” u “honorarios” cobró, como posesión personal, el dominio del llamado Congo Belga.

Fue tal la crueldad de su explotación que finalmente hubo de hacerse cargo de la colonia el propio Estado Belga.

Poco se ganó con el cambio y menos con la independencia. ¿Recuerdan la Secesión de Katanga? ¿El asesinato de Lumumba? ¿El auge de los mercenarios? ¿El “extraño” accidente en el cual perdió la vida “Mister “H” el Secretario General de Naciones Unidas?

Es donde están los diamantes y los metales raros. Aún no sé qué diablos estamos haciendo con nuestros “cascos blancos” allí.

¿Qué protegemos? ¿De quién? Son ejércitos mercenarios pagados y sostenidos por las multinacionales mineras.

Y nosotros allí, “Como un disfrazado sin Carnaval”. Eso sí, cobrando en dólares, recibiendo equipo y sin que nadie destape el tarro.

Sin vacilaciones: ¡Estar es Convalidar! Y cerrar los ojos. Los oídos y la boca, como los “tres monos sabios” nos incrimina. Nos convierte en cómplices y encubridores.

¡Se  repartieron todo un Continente mapa en mano! Sin importarles si los paralelos y meridianos que les facilitaban el trazar fronteras rectas dividieran pueblos y culturas.

Y sin asumir responsabilidad alguna respecto de los seres vivos que la habitaban.

Ni las personas, ni los animales…

Cada vez que veo una la foto del Anchorena “aventurero”  cuya madre nos regaló la hoy Estancia Presidencial, me caliento y “estrilo” como dice Arana.

Vestido como “Explorador”, se retrató, abrazado a su escopeta y rodeado por más de 50 gacelas que había matado.

Gacelas o algún bicho de esos que, según Hemingway, deben matar quienes contratan un safari. Para comida de los porteadores.

¡Ni que hubiese tenido que alimentar a un Batallón!

Mató de gusto, para afinar su puntería y tal vez, el alcance efectivo de sus proyectiles.

Pero, sobre todo, ¡por gusto!

He sido cazador, de mediano a malo, pero desde chico; desde que me llevaban “de perro” para levantar la perdiz e irla a buscar luego; desde siempre, tuve presente que no hay que matar de gusto.

Ni gacelas, ni perdices,  ni elefantes. La simpatía que se había ganado en mí el Rey Juan Carlos con sus visitas tan oportunas, la perdió cuando se accidentó cazando elefantes.

¿Para qué quería matar un elefante? Ni lo vas a comer, ni es por los colmillos. Lo matás por gusto…¡repugnante!

Pero, no es mi tema. Cuanto más viejo, más disperso, ustedes perdonen.

Mi tema es cómo entré por el aro con  el discurso del tal Abunda Lagula. ¡Decía tantas verdades que tenía que ser cierto!

Pues, no. No era cierto. El Premio Nobel de Literatura 2018 que tuvo en su tramitación un escandalete y se suspendió, se lo dieron a una polaca y el 2019 a un austríaco: Peter Handke.

No creo que ninguno de ellos haya sido traducido al español aún y supongo que muy pocos conocen su obra por aquí.

Pero eso no excusa mi ignorancia. Los Premios Nobel se otorgan en Octubre y la ceremonia es noticia en todo el mundo.

Razón por la cual yo, que presumo de “informadito”, debería haber tenido presente que el tal Lagula no podía ser real.

Es que, ¡quería que fuese cierto! Que alguien dijese lo que Lagula parecía haber dicho.

No tuve en cuenta información pública que, sin duda leí. No tuve en cuenta las especiales circunstancias del jurado del Nobel de Literatura del 2018 que fue “nota” y retrasó su adjudicación.

Nada  me detuvo  en mi entusiasmo.

Como un zonzo me comí la pastilla y todavía ¡la repartí!

Lo que me ha llamado a la reflexión…¡Cuán dispuestos estamos a creer que aquello que deseamos existe!

Por las buenas, ¡riéndose de mí! Me enseñaron a desconfiar siempre de la noticia.

¡Mucho más cuando ella se acomoda a nuestros deseos!

Demos por terminada esta “mea culpa”. Les aseguro que, de aquí en adelante, tomaré mis recaudos.

“Los líos hay que verlos, averiguarlos bien”…¡cuándo aprenderé!

Mirando bien; averiguando, me enfrento a la terrible noticia del “coronavirus” que parece ser muy, pero muy contagioso.

Dejo expresamente de lado los rumores y sospechas del mundo científico acerca de que podría ser obra de la “bioingeniería”.

Algo “creado” para una posible guerra bacteriológica. Que se “escapó” o que “Se lo metieron”.

No tengo tanta información; de tenerla no tengo los conocimientos como para evaluarla y no quiero ni pensar en esa perversidad.

Apareció en China, más precisamente en WUHAN, ciudad que no sé muy bien pero, paree que queda en una zona central y es mucho más grande que Montevideo.

En la cual funcionaba (o funciona, no sé) un laboratorio virológico en sociedad China-Estados Unidos.

Sus primeros síntomas se parecen a los de la gripe y por ello casi ponen preso al Oftalmólogo que alertó sobre la aparición de algo nuevo.

Cuando reconocieron que sí, que era algo nuevo y desconocido, su descubridor estaba agonizante y terminó muriendo.

También ha muerto el Director del Hospital que atendió a los primeros afectados y lleva algo así como dos mil muertos en cien mil afectados.

Pese a las severísimas medidas de aislamiento que paralizaron a más de 50 millones de chinos la peste ha escapado y hay contagiados y muertos en muchos países.

Incluso, la OMS está preocupada porque han aparecido casos en los cuales no se puede detectar la “ruta d el contagio…”

Aunque las cifras impresionan, y aún más la facilidad de la peste para extenderse en un mundo que no la conocía (por lo cual nadie tiene anticuerpos) la misma no parece ser muy mortal.

Dos o tres mil muertos son muchos muertos pero hay que tomar las cosas en proporción. China tiene mil seiscientos millones de habitantes. Casi un quinto de la población mundial que debe andar entre los 7 y los 8 mil millones.

En alrededor de cien mil afectados (¡pongamos el doble: 200 mil!) han muerto dos o tres mil.

Para el muerto, ¡es el cien por ciento! Pero, estadísticamente es otra cosa. No sabemos en qué condición física los agarró el virus; en cambio, si sabemos que no hay medicina eficaz. ¡Todo lo  que hicieron por los enfermos fueron tanteos que, a lo sumo aliviaban los síntomas!

Es alentador que ya se ha logrado descifrar su ADN de manera tal que, en meses, habrá vacuna. También tienen cercada a la peste por el lado de investigarle la forma en que “saltó” el virus a los humanos y cuál podrá ser el animal que sirve de  trampolín. En  tiempo breve espero que se controle la peste.

¡Meses! Jajaica, si se escapa en meses puede liquidarnos.

Quiero decir: ¡es muy peligrosa!

Sin embargo, no hay que entrar en pánico y correr a comprar tapabocas que no se sabe si sirven para algo.

Como hace un siglo con  la Gripe Asiática, que se  “limpió” 20 millones. En ese entonces la gente se colgaba en la nariz bolitas de alcanfor que no servían para nada.

Pero creían.

Bueno, no hace tanto del “Boom de la Vacuna Japonesa” contra el cáncer o la “Milagrosa Agua de Querétaro” que curaba lo que fuera.

¡Y estaba a veinte mil metros de profundidad!

¡Vaya pozo y vaya cadena para extraer el balde¡

Asombra nuestra capacidad de creer.

Creo que las llamadas “Medicinas Alternativas” pueden aportar mucho, pero ¡ojo con comerse la pastilla de las curas milagrosas!

Como comparación: el Sida mata un millón por año y hay en tratamiento más de 600 mil personas HIV positivas.

Y, ¡mas que cualquier peste mata el hambre! Epidemia que lejos de decrecer crece en el mundo.

Parecería que el número de contagiados del coronavirus viene decreciendo. Y es seguro que la ciencia nos aclarará en meses su origen, la forma en que se trasmite y cómo se previene. ¡Y cómo se cura!

Todo hace pensar que es una mutación producida en una familia de virus con la cual convivíamos. Una mutación que encontró “alojamiento” en un animal intermediario con el cual entramos en contacto.

Como el caso, más cercano, de la Fiebre Amarilla. Que está castigando en gran forma en nuestro vecino Brasil.

La deforestación eliminó los “alojadores” habituales y selváticos de la peste que  debió “urbanizarse” para seguir viviendo. De esa manera entró en contacto masivo con los humanos.

Contacto tan masivo como no se veía desde los primeros intentos de abrir el Canal de Panamá.

Dicen que fueron tantos los muertos de Fiebre Amarilla entonces que, si los enterraban acostados a lo largo del ferrocarril que antecedió al Canal, ¡cubrían una vez y media su longitud!

¡Atención, este dato no lo he confirmado, el un decir!

Pero, lo cierto es que Lesseps tuvo que abandonar el intento  y cuando los americanos lo retomaron ya Flemig había encontrado el “vector “.

Nada menos que nuestro combatido “Aedes Aegipti”.

Estimo muy positivamente el que todavía estemos libres del mismo infectado. Rodeados por vecinos que padecen una serie de epidemias trasmitidas por ese mosquito.

De esta segunda pastilla, compatriotas, quiero llegar a algunas afirmaciones.

La primera: ¡Creo que la Ciencia encontrará solución!

Que no cunda el pánico y nos haga olvidar del dengue, la sucundunga, la fiebre amarilla…Y EL HAMBRE.

Creo, también, que en la misma medida en que abusemos de la naturaleza, nuestra acción provocará desastres.

No digo con esto que no hay que tocar nada. Somos tantos que necesitamos más espacio.

Pero el camino es utilizar bien y en beneficio de los más necesitados los espacios que ya tenemos.

Con la mentalidad del que electrificó la cerca y mató a un botija no se puede conciliar.

¡Nada de que “Soy dueño, hago lo que quiero y lo mío nadie lo toca”!

Eres “dueño” porque la Sociedad tutela y garantiza tu propiedad.

¡Que antes era de los indios!

La propiedad es un robo y la propiedad de la tierra es fruto del despojo a sus primitivos habitantes.

El Estado la tutela y la organiza.

En tanto eso es así: el Estado puede y debe intervenir en la explotación de la tierra.

Respetando tus derechos y con el mismo celo, imponiendo límites.

¿Alguien se siente con el derecho de envenenar un río con abonos químicos y pesticidas? O ¿de rociar escuelas desde el aire?

Tampoco es justo dejarlo intocado e improductivo cuando hay gente con hambre.

Una última: ¿Vieron cómo tiembla la Economía del Mundo? Está patinando sobre una pista de hielo cada vez más delgada.

¡Nada de echarle las culpas a China!

Lo único que se ha hecho visible es la tremenda endeblez de la economía basada en la absoluta libertad para  explotar a la gente y acumular irracionalmente las riquezas del mundo.

¡Desgraciados! Son ellos los que están comprando oro. Cuando la burbuja explote seremos nosotros los sacrificados.

Espero que no reviente.

En todo caso, deseo que: si revienta, construyamos sobre esa ruina, una Sociedad  Distinta.

Solidaria, Fraterna e Igualitaria.

No me importa saber qué con mis años, es difícil que llegue a verla. Me alcanza haber vivido y luchando para que ella fuese un sueño posible.

Algún día.

 

Fuente: La Onda Digital