Por Roque José Giovenale –
En el mediodía coscoíno y caminando por una atestada calle San Martín nos encontramos con Carlos Pollice, alguien siempre ligado al Festival de Cosquín, en muy diversas funciones, desde su labor en los escenarios como conductor a tareas de coordinación, y especialmente en su pasión por lo que configura este fenómeno que ha llegado a su edición número 57. En una catarata de palabras nos decía:
Soy un delirante desde la ensoñación que configuró este Cosquin, a partir de los años 60 cuando César Perdiguero decía «Cosquin es el Gran Congreso de la Coincidencia Nacional, el de la coincidencia armoniosa del canto», pero también de cada presencia, del hombre que viene a representar su barrio, su ciudad, su provincia, con su tonada, con todas sus reflexiones.
Emociona ver los músicos, jovencitas y muchachos con las guitarras en las espaldas y esa procesión de instrumentos que se ve en el Pre-Cosquín, porque es juventud que más allá de la colonización cultural, musical, sigue tratando de abrevar en la sustancia que abrevaron nuestros ancestros y que hicieron que nos mostraran el camino de la identidad, mirando y respetando las tradiciones.
El encuentro y el reencuentro en Cosquín es maravilloso, más allá de la plaza que tiene una puesta en escena, por lo general muy buena y con elogiables propuestas, aunque uno siempre extraña otras como los payadores o los humoristas que no están, pero el milagro está en la gente, en el público.
Se da el encuentro con colegas con músicos, con poetas y se entra a deliberar sobre distintos aspectos de la cultura popular y eso a uno lo va encaminando más. Sirve para comprender muchos aspectos de la rica cultura argentina y latinoamericana que tenemos que desentrañar.
A modo de ejemplo, el aimara es la madre de la lengua quichua, tiene una lógica tan simple que la utilizan como lengua puente para traducir del alemán al chino, o del ruso al francés, y hace poco revelaron que la lengua quichua es solidaria porque visualiza y rescata al prójimo, en cambio, las otras lenguas no lo hacen, son egocentristas. Tenemos las altas culturas, por ejemplo; la inca, la aimara, la azteca, la maya y otras. Habría que bucear en esa sabiduría,
Anoche tuve el privilegio de presentar a Fernando Morales gran guitarrista, que terminara el itinerario que quisiera hacer Jorge Cafrune, lo hizo, cuando tenía 11 años, se sumó en Pergamino y viajó por las rutas del país con Víctor Velázquez, hasta terminar en la Confitería Europea de Cosquín. Esa noche Víctor lo invitó a actuar en la plaza, después el siguió estudiando la guitarra e hizo el itinerario desde Pergamino a Cerro Colorado.
Ahora el como cineasta presentó la película «PACHI, la leyenda, la historia». Cuenta que el Indio Pachi era un músico muy especial, un músico preciado, un zurdo que dio vuelta la guitarra sin cambiar el encordado, fue compadre del “Chango” Rodríguez, se nutrió de Carlos Di Fulvio y hasta de Yupanqui. Era de tierra adentro, descendiente de sanavirones. Es una maravillosa historia porque rescata filmaciones y grabaciones que no eran de difusión pública. Es una preciosa película para bucear en las entrañas de nuestra América, porque el Indio “Pachi” es una rareza de este continente, de esta afrolatinoamerindia.
¡Lo que son algunos patios!!! Hay aquí en Cosquín, un patio muy generoso y de puertas abiertas, el de Cristina Coste y Rodolfo Herrero, dos grandes anfitriones. Ellos conforman uno de esos hogares magníficos que contienen esa ansiedad, de quien abraza el camino del canto, del arte y aquí encuentra un oasis luminoso. Ahí han estado y están, grandes artistas. Han pasado figuras como Ernesto Cardenal, y Antonio Preciado Bedoya un poeta de Ecuador, que hemos visto en el Atahualpa.Yupanqui, con ese fervor, como el que sabía tener Jaime Dávalos.
La Ciudad: ¿Cuál es su mirada de esta edición?
Hay puestas en escena muy lindas. La parte escenográfica estática lumínica es excelente, pero se corre el riesgo de minimizarlo al artista ¿en qué sentido? el de hacerlo desaparecer porque se trabaja con una pantalla gigante atrás que forma parte de la escenografía y laterales donde se lo muestra al músico y se le hace un plano entero. La pantalla tiene 4 metros de altura y si vos estás de la mitad para el fondo de la platea, lo ves chiquitito al artista y pálido por que cargan tan bien las imágenes para la televisión y para esas pantallas gigantes en la plaza que la gente mira más la pantalla que al artista que está ahí. No le dan luz blanca para no empalidecer las imágenes de la televisión y la pantalla gigante.
Invito a la gente que venga a descubrir Cosquín con sus propios ojos y con el latido de sus corazones. El que nunca vino a Cosquin a la noche, puede caminar, y encontrar el sonido de la plaza, y también el de una peña acá y otra 50 metros más allá. Los sonidos se entremezclan, es una feria, es algo fantástico y el encuentro de la gente es maravilloso.

