por Sara Liponezky –
La liturgia peronista, renueva cada 26 de julio su homenaje a Eva Perón, en la fecha que marca su partida física, tan temprana y gravitante.
Parece contradictorio un acto que recuerda a quien fue fuerza, vida y acción precisamente en su final. Puede ser parte de una cultura necrofilica que aplica también a otros hombres y mujeres icónicos de nuestra historia política. Pero creo que hay algo más. Porque aquel fatídico 26 de julio se inicia un duelo multitudinario, que puebla las calles aledañas al Ministerio de Trabajo y Previsión y luego al Congreso Una movilización inédita por su motivo, espontanea, que hizo visible la amorosa devoción de tantas y tantos que disfrutaron sus obras como la composición social y la identificación laboral de quienes la lloraban. Obreros, enfermeras con sus uniformes, jóvenes, ancianos, amas de casa, que se sostuvieron pese a la lluvia y el frio, porque necesitaban esa última oportunidad para saludar a Evita, como para convencerse de que estaba muerte. Entonces esa marea infinita empezó a sentir su orfandad, aunque el Peronismo siguiera gobernando. Era tan fuerte en la vivencia cotidiana y colectiva esa simbiosis emocional con la mujer que parecía imbatible ante la injusticia, la adversidad y las limitaciones de género. (en aquel contexto) Por eso en los barrios más humildes se improvisaron altares y quedo inalterable en la memoria de aquella Patria sumergida. De poco sirvió la predica incesante y demoledora, el negacionismo y la barbarie contra esa mujer que había impactado, como actora decisiva de un proceso transformador, en tantas vidas argentinas.
Sobre ella han escrito, cantado e interpretado voces diversas y hasta en lenguas diferentes. Algunas francamente maravillosas como el poema de María Elena Walsh que titula Eva. y entre sus fragmentos más significativos dice:
“ El siglo nunca vio muerte más muerte….Y el amor y el dolor que eran de vera gimiendo en el cordón de la vereda.
Lágrimas enjuagadas con harapos, Madrecita de los Desamparados. Silencio, que hasta el tango se murió.
Orden de arriba y lágrimas de abajo. En plena juventud. No somos nada. Se pintó la República de negro
mientras te maquillaban y enlodaban.
En los altares populares, santa. Hiena de hielo para los gorilas pero eso sí, solísima en la muerte.
Y el pueblo que lloraba para siempre sin prever tu atroz peregrinaje. Con mis ojos la vi, no me vendieron
esta leyenda, ni me la robaron”.
Una descripción magistral del escenario que abrió aquel día para no cerrarse jamás. Porque el duelo nunca fue resignación. Esa parte del pueblo desolado construyo el mito, alentó otras luchas redentoras, alimento su imagen por generaciones, la hizo carne, bandera y resistencia como una energía indispensable para sostenerse en los tiempos más hostiles. Por eso hoy, cuando nos agobia una inequidad perversa y desbordante exhibida desde las políticas públicas. Cuando el propio Estado profesa su vocación liquidadora dejando a la intemperie a millones de compatriotas (los más vulnerables). Cuando el patrimonio nacional se manipula como un botín pirata, Cuando un gobierno emergido del voto pretende legitimar con su práctica cotidiana la violación de derechos y garantías constitucionales. Cuando la Patria como decía Mare chal parece “un dolor que no tiene bautismo”, reafirmar la vigencia de Evita es una necesidad
Creo que nuestra resiliencia tan firme y particular, trascendiendo encarnaduras después de Perón, está en el fuego sagrado de Evita. No es solo una metáfora, ni una cuestión simbólica. Solo con esa fuerza se pueden atravesar décadas de gloria y derrota, , persecución y muerte , grandeza y miseria , caída y apogeo, con una reserva de principios y pasión inalterables.
Y en la agenda de las mujeres argentinas por “un país más igual” hoy devaluada por la misoginia y el desprecio del gobierno nacional Evita seguirá siendo una luminosa señal. María Elena Walsh lo confirma de modo casi perfecto en la parte final del poema:
“Tener agallas, como vos tuviste,
fanática, leal, desenfrenada
en el candor de la beneficencia
pero la única que se dio el lujo
de coronarse por los sumergidos.
Agallas para hacer de nuevo el mundo.
Tener agallas para gritar basta
aunque nos amordacen con cañones.”