por Eduardo Gradizuela –
Una reunión importante finaliza. Los celulares, que nunca se apagan, desbordan de mensajes. Se escucha el repetitivo chasquido del obturador automático de una máquina fotográfica. Alguien reclama el material urgente… y si es por WeTransfer, mejor. Y rápidamente se despliega un torrente informativo incontenible que fluye por las redes sociales. Otro, saca pecho por los miles de reproducciones que le devuelve el conteo de Instagram y chequea con inquietud las repercusiones en Facebook. Todo a un clic.
El periodismo no ha quedado al margen de la revolución digital y trata de lidiar acompañando una oleada que lo desborda. Como siempre hay medios que pueden sostenerse o acompañar la ola y el resto asiste con resignación a la revolución tecnológica y trata de sobrevivir como puede.
Los portales ganan espacio y aparecen formatos nuevos. ¿Dónde han ido a parar los fenómenos de audiencias de las tradicionales emisoras? Radios y canales con nombres aggiornados se imponen en la tendencia del streaming, instrumento que ha salvado a muchos colegas de la generación intermedia. O la novedad del podscat, en el que ganan espacios agudos entrevistadores, para reportajes que se prolongan sin importar la banda horaria. Algo que asombra en una época donde prima lo breve y efímero. Ciertamente, una contradicción.
Las antiguas redacciones eran los templos que rendían culto a la vida bohemia. En el ambiente espeso del humo de tabaco, al rítmo sostendido de las indestructibles Lexicon 80 y el incesante tintineo del teletipo, el periodismo se nutría del conocimiento empírico que traficaban los veteranos redactores a las nuevas generaciones.
Fue en esos míticos ámbitos donde muchos periodistas empezaron a edificar su futuro en el plano superior de la literatura. También los que parieron excelentes suplementos literarios y publicaciones periódicas de política y actualidad, escritos y editados por notables personalidades de la cultura.
Los expertos en comunicación afirman, con absoluta convicción, que hoy el público se informa –mayoritariamente- a través de las redes, y a pesar de haber convivido y adaptado a constantes transformaciones, el periodismo afronta el enorme desafío planteado por complejos sistemas que vienen a reemplazar la tarea humana.
Términos como Chat GTP o Inteligencia Artificial (IA) ya exceden el ámbito académico y empiezan a formar parte del lenguaje cotidiano. Representan una etapa de la historia a la que se acude con perplejidad e incertidumbre.
Los apocalípticos estiman que muchas de las tareas reservadas al oficio de periodista pronto las podrán ejecutar dispositivos tecnológicos programados a tal fin. Y otros, más optimistas, entrevén que las nuevas tecnologías comportarán un crecimiento del elemento humano que las acompañará.
Parece extraño, en cambio, que un recurso artificial pueda reemplazar la intransferible capacidad de una mirada en primera persona y la impronta de narrar una buena historia, que anida en la libertad de expresión de cada ser humano.
Independientemente de lo que depare el futuro, cada 7 de junio simboliza un buen motivo de celebración.