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El seguro argentino frente a una cita con la historia

El socio fundador de Transformatio reflexiona sobre el momento singular que atraviesa la industria aseguradora a partir de las recientes declaraciones del presidente Javier Milei sobre una posible revolución de los seguros. Más allá del debate político, el exgerente general de La Segunda Seguros invita a analizar una oportunidad histórica para que el sector amplíe su rol tradicional y se consolide como un actor clave en la protección de las personas, la canalización del ahorro, el financiamiento de la economía y la gestión de la incertidumbre. El autor plantea el desafío de que el seguro deje de enfocarse exclusivamente en reparar daños para asumir un rol más protagónico.

 

No recuerdo, al menos en las últimas décadas, una declaración tan explícita de un presidente de la Nación ponderando el potencial de la actividad aseguradora.

Habitualmente, los gobiernos hablan del seguro para regularlo, controlarlo, gravarlo o cuestionarlo. Rara vez para señalarlo como una herramienta capaz de ayudar a resolver algunos de los grandes desafíos económicos y sociales de un país.

Por eso las recientes referencias de Javier Milei a una posible “revolución de los seguros” merecen algo más que una lectura política. Nos obligan a reflexionar sobre el lugar que ocupa nuestra industria y, sobre todo, sobre el lugar que podría llegar a ocupar.

Porque detrás de los títulos periodísticos y de las discusiones ideológicas aparece una inquietud mucho más interesante: ¿está preparado el seguro argentino para jugar un partido mucho más grande que el que viene jugando hasta ahora?

Hace años vengo sosteniendo que el verdadero potencial de nuestra actividad trasciende largamente la función indemnizatoria. El seguro nació para reparar daños, pero su evolución natural lo empuja hacia algo mucho más ambicioso: administrar incertidumbre, proteger patrimonios, financiar proyectos, canalizar ahorro de largo plazo y brindar soluciones concretas a problemas cada vez más complejos.

La salud, el retiro, la longevidad, los riesgos climáticos, la protección financiera de las familias y el financiamiento de la economía real son apenas algunos ejemplos de territorios donde el seguro puede aportar mucho más de lo que aporta hoy.

De hecho, una de las grandes contradicciones argentinas es que en nuestra cultura solemos darle trato al seguro como si fuera un gasto cuando, en realidad, los países más desarrollados lo consideran una inversión que es pieza central de su arquitectura económica y social.

Allí el seguro no se limita a indemnizar pérdidas. También contribuye a prevenirlas, administrar riesgos, movilizar ahorro e impulsar inversiones. Sin embargo, durante años gran parte de la industria quedó atrapada dentro de sus propios límites.

Nos acostumbramos a discutir producción, participación de mercado, juicios, regulaciones, inflación, costos de reparación y resultados técnicos. Temas importantes, sin dudas. Pero mientras mirábamos el tablero de siempre, el mundo cambió de juego.

Las personas viven más años. Los Estados enfrentan crecientes dificultades para sostener sistemas previsionales y de salud. Los fenómenos climáticos generan pérdidas cada vez mayores. La tecnología transforma la forma de trabajar, producir y consumir. Paradójicamente, cuanto más incierto se vuelve el mundo, más relevante debería resultar la industria especializada en proveer certidumbre.

En rigor, la oportunidad nunca estuvo ausente. Hace años que la participación del seguro en el Producto Bruto Interno argentino permanece prácticamente estancada alrededor del 3%. Al mismo tiempo, la brecha de cobertura sigue siendo enorme sobre todo en seguros de vida, retiro, salud y protección patrimonial.

Dicho de otro modo: el potencial de crecimiento del sector siempre estuvo allí, a la vista de todos. Lo que aparece hoy como novedad no es la oportunidad, la novedad es el respaldo.

Por primera vez en mucho tiempo, la máxima autoridad política del país no se refiere al seguro como un actor secundario de la economía, sino como una posible herramienta para ampliar protección, canalizar ahorro, movilizar inversiones y ayudar a resolver problemas estructurales.

Naturalmente, entre los dichos y los hechos puede existir una distancia considerable. La historia argentina ofrece suficientes ejemplos para mantener una saludable prudencia.

Pero aun así, las palabras importan. Porque además de anticipar decisiones, ayudan a marcar un norte. Y pocas veces ese norte ha sido señalado con tanta claridad hacia una industria que durante años pareció más preocupada por administrar sus restricciones que por imaginar sus posibilidades.

Por eso tal vez el momento que hoy enfrenta el sector sea uno de los más importantes de su historia reciente. No porque lo diga un presidente, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, la sociedad empieza a demandar exactamente aquello para lo que el seguro fue creado. Porque las oportunidades no suelen esperar eternamente. Y la historia económica está llena de sectores que confundieron experiencia con futuro, trayectoria con innovación y posición adquirida con liderazgo.

Mientras algunos actores siguen discutiendo cómo repartirse un mercado relativamente pequeño, otros ya avanzan sobre espacios vinculados a la protección, el ahorro y los servicios financieros integrales.

Bancos, fintech, administradores de activos y nuevas plataformas tecnológicas entendieron algo que el sector asegurador no siempre termina de asumir: las personas no compran pólizas, compran tranquilidad, compran la posibilidad de atravesar el futuro con menos incertidumbre.

La transformación ocurrirá. La única incógnita es quiénes serán sus protagonistas.

Como sucede en muchas industrias, el mayor riesgo no suele ser el cambio. El verdadero riesgo es aferrarse a un modelo exitoso del pasado mientras el mundo empieza a demandar algo distinto. Y eso es precisamente lo que hoy está en juego. La posibilidad de que el seguro argentino deje de ser una industria dedicada principalmente a reparar daños pasados para convertirse en una industria capaz de construir futuro. Porque el valor diferencial del seguro nunca estuvo en pagar siniestros, estuvo en ayudar a las personas y a las organizaciones a convivir con la incertidumbre.

Por eso el verdadero significado de esta “revolución de los seguros” no debería buscarse únicamente en eventuales reformas o nuevas regulaciones.

Lo verdaderamente trascendente es que, por primera vez en mucho tiempo, el sector aparece mencionado desde la máxima conducción política del país como parte de una solución y no simplemente como una actividad a controlar o regular. La invitación está hecha o quizás sea una advertencia.

De cualquier modo, los titulares de los medios la levantaron en grandes letras y, si bien falta la letra chica, ya es toda una señal. Pero los rumbos también se construyen con señales y pocas veces la industria aseguradora recibió una tan clara como esta.

El seguro argentino tiene frente a sí una cita con la historia. Ojalá sepa reconocerla.

 

Colaboración de Alfredo Guillermo Bevacqua