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El halcón en su parábola 3

por José Florentino Beorda  –    

Fábula                                                    Ref. “El halcón y su parábola 2”

 

 

Esta vez estuve allí sobre la piedra… Esperando.

Debería volver… Alguna vez.

Un poco por debajo, las aguas del arroyo semejaban un sutil aleteo que deseaba escuchar.

 

-¡No desesperes!… Las esperas no deben inquietarse pensando más allá.

 

Apareció detrás de mí. ¡Cómo verlo llegar! Es tan vertiginoso, raudo y silencioso el vuelo… que imposibilita al ojo humano saber de él.

 

-¿Por qué no te detienes junto a mí? Pregunté, algo temeroso, mientras sobrevolaba en el declive delante de mí, rumbo al aleteo del arroyo. Nuestro hoy… Y de él.

 

-Ven. Sígueme.

 

Y así fue.

 

-Mantente cerca del agua. No la alejes de ti. Con ella beberás la vida. Educarás tus hijos, si los debes tener.

Con ella apresurarás tu paso cuando debas correr. Serenarás tu tiempo cuando la hora sea, de llorar… o reír.

 

Acostumbrado a tanto ecosistemas y contornos, se hallaba cómodo como sentado sobre un pequeño montículo de tierra y verde, junto al agua y la arena que no hacen más que pasar.

 

-O buscará tu alivio personal cuando te arrojes aquí… dejándote llevar.

 

Luego de hacerlo. Después del chapuzón, volví hacia él. Sólo observaba. Paisaje, murmullo acuífero y alguna que otra de las aves que pasaban no lejos de tan paciente espectador.

 

-¿Cómo te sientes?

-Bien. (Respondí algo perturbado) Muy bien. La frescura que limpia… hace lo demás.

-Sí. Eso es. (Sé que al entonar su canto gutural, demostraba estar… como despreocupándose.)

 

A un costado, pedregoso, el sendero zigzagueaba rumbo a las laderas de montaña, no muy lejos de allí.

 

-De ti depende abrevar o higienizarte en aguas limpias, delicadas, congruentes con tu realidad.

-¿Cómo saber diferenciar y además vivir?… (Lo dije, buscando en su respuesta una posibilidad.)

 

Se había acercado a orillas del arroyo para beber. Desde esta nueva posición… mirando, quizás sin ver:

 

-A medida que pruebes con cuidado las aguas… habrá cristalinas, fangosas, templadas, frescas y quizás sutil. Algunas te distraen. Otras… te sustentan. Deberás decidir.

 

-Sustentar… ¿Será reflexionar (Pensé en voz alta) para decidir hacia dónde voy?

-Tal vez para comprender de dónde vienes… Y adónde perteneces.

Hasta que reconozcas el tiempo de tu evolutiva resolución.

 

Después, pausadamente, recostó lo corvo de su pico sobre el blanco gris del pectoral, invitándome a partir…

Pero antes:

 

-¿Sabes? Nunca traspaso, en mis asuntos, las pautas de mi espacio vital.

 

 

El pedregoso sendero y su amistad fueron, desde luego, el imán para mi inquieta decisión… de migrar.

 

 

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