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El fútbol esta de luto: Se marchó Amadeo Carrizo

Por Rodolfo Oscar Negri   –    

A los 93 años, falleció uno de los arqueros más emblemáticos del fútbol argentino. Supo defender el arco de la Selección y convertirse en ídolo de River. Durante la mañana del viernes se dio a conocer la noticia de la muerte de Amadeo Raúl Carrizo.

Personalmente tuve la fortuna de verlo jugar  varias veces en mi niñez platense cuando iba a alentar al club de mis amores: Gimnasia y Esgrima de La Plata.

En el primero de mis libros (“Diez pasos de pantalones cortos”) cuento un momento memorable que me tocó vivir allá por los años sesenta y, en recuerdo de este gran personaje del futbol argentino, quise compartir ese texto con los lectores de La Ciudad.

Me acuerdo que los domingos nos íbamos en el tranvía 25 a las 11 de la mañana (y con una tolerancia enorme en nuestras casas, ya que domingo por medio –cuando Gimnasia era local- no participábamos del ritual de la comida del mediodía) y veíamos tres partidos de fútbol. La tercera, la reserva y la primera. Teníamos una bandera de unos 12 metros, que se convertía en el estandarte de la barrita.

¿Cómo entrábamos? Obviamente no pagábamos entrada.

Solo uno era socio y con él entrábamos todos.

Las viejas tribunas de madera del estadio de 60 y 118 daban sobre una de las veredas del bosque platense. El primero que entraba –exhibiendo su carnet a los controles que estaban en la entrada- se ubicaba en un lugar pre-establecido y desde lo mas alto de la tribuna, dejaba caer el carnet a la vereda.  Allí lo recogíamos los que estábamos esperando. Con él entraba el segundo, luego el tercero… y así –poco a poco-  nos juntábamos los diez o doce.

La forma de mantenernos juntos, era tomarnos fuertemente de la bandera (propiedad de Carlitos Scotto). Cuando nos reuníamos todos, la  poníamos en el fondo, en lo mas alto de una de las tribunas (estábamos convencidos que era el lugar mas seguro).

No íbamos al lugar donde se ubicaba la “Barra Brava”. Éramos chicos y temíamos los enfrentamientos y las avalanchas. Nos quedábamos a un costado de la hinchada.

¡Cuántos momentos de alegría…! ¡Cuantos mas de tristeza…!

La tribuna es un mundo aparte. Mas allá de que –como barrita- nos juntábamos para protegernos entre nosotros; el estar en esos grupos masifica, desidentifica. Parece como si todos fuéramos parientes. Si hay un gol, hay abrazos, saltos, palmadas… como si nos conociéramos de toda la vida.

A eso se suman las charlas, las discusiones, los cantos a viva voz.

Hay momentos imborrables de aquellas experiencias.

No se si lo recuerdo o lo imaginé, pero es como si viera la imagen de un partido donde se enfrentaban Gimnasia y Ríver Plate. Si bien el partido era importante, había un aditamento extra. Amadeo Carrizo (un excepcional arquero que por aquel entonces tenía River) estaba en camino de vencer el récord de la valla sin goles en contra.

Me parece verlo, parado y apoyado en un poste. Con una remera gris, que parecía gastada. Con un andar cansino, pero que respondía de una manera brillante y excepcional, ante cada avance de nuestros jugadores.

Si fue él el que inventó lo de los arqueros “salidores”, que enfrentaban a los rivales achicándoles el ángulo de disparo…

Su personalidad y su forma de ser, su “don de gentes” –como se decía entonces- además de su inmenso talento, hacía que fuera un jugador que apreciáramos todos, aún sin ser de River.

Creo que tal era la expectativa y las ganas de que llegara a superar aquel record, que nosotros mismos queríamos que Gimnasia no le meta goles, hasta después del minuto esperado.

El tiempo pasó y así fue.

Cuando Amadeo Carrizo  se convirtió en el nuevo arquero récord del fútbol argentino, todo el estadio comenzó a corear su nombre: “A-ma-deo… A-ma-deo…”. No se si fue realidad o un sueño, pero me parece recordarlo como si lo estuviera viviendo hoy. El resto de los jugadores dejaron de correr, se quedaron parados donde estaban y se pusieron a aplaudir… la pelota –sola-  siguió sin rumbo hasta que se detuvo fuera de los límites del campo de juego…

Fueron como cinco o diez minutos interminables.

El, coherente con su forma de ser, y como disimulando lo que estaba pasando, solo levantó su brazo derecho –en forma de saludo- y luego se quedó con los brazos en forma de jarra sobre su cintura, parado (como cansado) y con la cabeza gacha (supongo que de emoción) unos metros mas adelante del punto del penal..

¡Que momento..! Todos teníamos la piel de gallina.

Tal vez ese fue uno de las situaciones  mas emotivas que, por aquel entonces, mi Memoria me trae como una realidad que me tocó presenciar en un campo de juego. 

Vaya mi homenaje a ese hombre, verdadero ídolo y leyenda del futbol argentino, que fue Amadeo Raúl Carrizo.

 

 

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