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EL CASO QUE CONDUJO A MASSERA A LA CÁRCEL

Eduardo Masera oct 2017Por German Bercovich      –    

El 8 de noviembre se cumplen 7 años de la muerte del entrerriano, de Paraná, Emilio Eduardo Massera. Las atrocidades que el ex miembro de la Junta cometió son bien difundidas entre las nuevas generaciones, en especial gracias al impulso que se ha dado a los temas de Derechos Humanos en los últimos años. Dentro de ese cúmulo espantoso, existe un hecho truculento, con ribetes de revista del corazón, que no ha llegado a los oídos de los veinte-treintañeros de nuestros días. A ellos, en especial, va dirigida esta crónica.

Primero presentemos a Fernando Arturo “Puchito” Branca, de 36 años, empresario dedicado al reciclaje de papel. Fernando mantenía un matrimonio de idas y vueltas con una hermosa mujer, Marta Rodríguez Mc Cormack. Eran las segundas nupcias de ambos. El primer casamiento de Marta se había concretado con César Blaquier, cuyo apellido nos suena, y con razón: su familia es una de las primeras terratenientes argentinas, y dueña de ingenios azucareros en Jujuy. Esta unión no prosperó. En Argentina no existía el divorcio, con lo cual debió casarse con Branca en Paraguay, en 1974, pudiendo mantener la custodia de los dos hijos que tuvo con Blaquier. En 1976, una de sus hermanas le presenta al poderoso almirante Massera.  En ese tiempo, y preocupado por el estilo de vida que su ex esposa podía traer a sus hijos, Blaquier inició un reclamo de su tutela con el abogado, de gran renombre, Bruno Quijano ( ex Ministro de Justicia de Lanusse). Massera ya estaba en la vida de Marta: Quijano es secuestrado, y liberado tras el pago de 250 mil dólares. Luego, desiste de seguir la querella.

Volvamos a Branca para describirlo un poco más. Porteño, de origen muy humilde, con recorrido en los orfanatos de Buenos Aires, canillita infantil y ex penitenciario. El salto económico en su vida se da con su primer casamiento, en el que desposa a Ana María Tocalli, una chica de familia adinerada con la que tiene dos hijos, y de cuya asignación vive unos años después de separararse. También supo utilizar de manera provechosa los bienes de Mac Cormack, con los cuales emprende pequeños negocios hasta establecer fortuna con Durbin y Brayer, las empresas con las cuales importaba y reciclaba papel, y que le permitieron ser dueño de 3 mil hectáreas en Rauch

Abril de 1977 reservaría a Branca el infortunio del asesinato. En esa Semana Santa, viaja con con su esposa y unos amigos a Punta del Este. Toman el ferry Buenos Aires- Montevideo, y desde allí van hacia la ciudad balnearia en su lujosa cupé Mercedes Benz color morado. La estadía fue catastrófica. Marta vociferaba en el casino del Nogaró contra su marido, al que acusaba de vividor e infiel; ambos puntos contenían altas dosis de veracidad, por otro lado. Lo peor que profirió la mujer,  sin embargo, tomó forma de amenaza a los gritos: “A este hijo de puta lo voy a hacer sonar. Cuando llegue a Buenos Aires le voy a contar al Negro que lo quiere pasar en un negocio, y el Negro le va a pasar un camión por encima”. El Negro era Massera. Lo del negocio no era mentira:  una de las versiones dice que Branca había ofrecido al secretario de Massera una reventa inmobiliaria, salteando a éste. Otra, que intentó un manejo confuso de 1.200.000 dólares que el Banco Central, presidido por un delfín de Massera, le había pagado para sus campos. Para el Almirante, estas  eran maniobras imperdonables. Tenía clarísimo que la ecuación entre relaciones y dinero debía darle siempre positivo. Así lo había demostado en su casamiento con Lily Vieira, hija de un importante escribano de La Plata.

El 26 de abril, Fernando va al departamento que habitaba con su mujer para retirar sus pertenencias, la separación era un hecho. Allí, un oficial naval le impide la entrada. Massera se encontraba dentro de la vivienda, y había dado órdenes de no ser molestado. Dos días después, el Almirante invita a Branca a navegar por el Rio de la Plata en el yate de respeto. Marcos Ravezzani, sastre de profesión, íntimo del empresario del papel, declaró en el juicio ( sin develar la fuente) que “le metieron una capucha en la cabeza, le ataron los tobillos con alambre, le pusieron pesas de cemento, le tirotearon en la cabeza y lo arrojaron al agua”. A partir de ese paseo ( Massera niega la invitación), lo único que se sabe sobre Branca es que, inexplicablemente, aparecen documentos con su firma autorizando una y otra vez ventas de sus bienes.

Finalmente, la madre de Fernando presenta, a los 3 meses, un hábeas corpus. Toma el caso el Juez Pedro Narváiz, quien a los dos meses renuncia a su cargo, y se exilia en Brasil primero, y en Madrid después. Su sustituto tampoco avanza en la investigación, y es la llegada del Juez Salvi, de 33 años, compañero de estudios de los hijos de Massera, quien da dinamismo a la causa, dictándose prisión incondicional para Massera, y procesando a Mc Cormack.  Fue este hecho el que provocó que Massera pise por primera vez  (nunca un  integrante de la Junta había sido detenido) una cárcel federal, la Unidad 22, el 17 de octubre de 1984.

Este 8, entonces, junto con su fallecimiento, parece también adecuado rememorar uno de los momentos en los cuales algo de justicia tiñó la vida del ex Almirante: los sucesos que lo condujeron a prisión.

 

 

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