Por Raquel Bonin –
Es una costumbre muy arraigada en el Colegio, la de reunirse en el establecimiento para festejar un aniversario de egresados, y recordar con nostalgia ese tiempo compartido. Según pasan los años, como dice Serrat “los recuerdos son cada vez más dulces y el olvido sólo se llevó la mitad”.
Los miembros de la Comisión Directiva de la Asociación de Ex-Alumnos junto con las autoridades, asistimos a acompañar esos reencuentros cuando somos convocados.
“¿Por qué volvemos cada año? Por qué se pueblan los patios con la algarabía de las promociones que regresan para festejar los veinte, los treinta…los cincuenta…
¿Qué buscamos en ese recinto rosado que tiene la tibieza de una matriz generadora?
Creemos que buscamos la balsa del rescate, una isla segura, una referencia firme donde anclar y recuperar aquel muchachito que fuimos, aquella niña que escribía sus primeros versos colgada de un par de ojos verdes; la inocencia, en fin, ¿y por qué no, las locuras juveniles?” (Morera de Horn, 1999).
Vivir esos momentos, experimentar esos sentimientos comunes, refuerza el sentido de nuestro trabajo. Es ahí donde se recobra la magia que parece haberse perdido en los avatares de la vida cotidiana, en el vértigo de lo inmediato y urgente. Es al rememorar con otros esas vivencias cuando recuperamos esa misteriosa mística que distingue al histórico de otras instituciones.
Hace un tiempo atrás, antes de la pandemia, llegó uno de esos grupos visitantes con representantes vernáculos y de lugares distantes que viajaron especialmente para la ocasión. Era una mañana primaveral y los recibió el patio, con el aljibe y el alcanforero, renovado y siempre bello. Todos se saludaron entre abrazos, selfies y lágrimas de emoción. Posteriormente pasaron al aula histórica para sentarse en los bancos de madera como en la lejana adolescencia. Luego de las palabras de bienvenida algunos de nosotros les contamos cuestiones básicas de la asociación, particularmente hice referencia al archivo histórico y el valioso patrimonio que encierra. La “clase alusiva” transcurrió entre anécdotas, risas y mucha complicidad. Todo se desarrolló de una forma muy amena y grata.
Finalizada la reunión, uno de los visitantes al que llamaré “Jaime”, se aproxima y quiere confirmar si en verdad tengo alguna función en el archivo histórico a lo que le respondo afirmativamente. Entonces me solicita que lo espere unos minutos y sale del Colegio. Al poco tiempo vuelve, lo veo ingresar por la puerta principal con el rostro serio y preocupado. Se acerca y, con disimulo debajo de su campera beige, saca un sobre y me lo entrega. Dice “es la inconciencia de la juventud…no lo abra hasta que no llegue a su casa” Yo muy desconcertada, como no había más actividad durante ese día, cumplí con lo solicitado por “Jaime”, y me retiré a mi domicilio. Con gran intriga quise ver el contenido del enigmático recado.
Se trataba solamente de dos hojas de papel muy importantes que actualmente están debidamente resguardadas. Entre la travesura estudiantil y el suceso relatado pasaron más de cincuenta años.
Documento Nro. 1: Está fechado en Paraná el 5 de agosto de 1854, firmado por el Vice Presidente de la Confederación Argentina; Santiago Derqui y dirigido al Dr Alberto Larroque. En él dice que se le concede el empleo de Director al Dr Larroque, que ya estaba desempeñándose interinamente en esas funciones. En la actualidad sería algo así como la titularidad del cargo de Rector. Y es desde Paraná porque debemos recordar que Urquiza ya era, en ese entonces, el Primer Presidente Constitucional Argentino.
Documento Nro. 2: Acta de examen del año 1859, del alumno Julio Roca (polémico líder de la generación del ’80 y dos veces Presidente de la Nación 1880 -1886 y 1898- 1904) Rendía Filosofía de primer año y su nota fue Bueno con un voto Sobresaliente. Figuran los integrantes del tribunal evaluador presidido por Ventura Pondal y el catedrático era Alberto Larroque. El documento fue emitido por la Imprenta del Colegio.
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 27/7/2024

