Por Rodolfo Oscar Negri –
Hacía frío. El reloj marcaba las 3 de la tarde.
Ya no había posibilidades. La victoria era aplastante y se había logrado con el aporte de todos.
Las tropas, ayudadas por el pueblo, arrastraban a mano y cincha de caballo los cañones desde la Plaza del Retiro al centro de la ciudad.
Allí estaba el vencido gobernador ocupante de la ciudad.
De a ratos un sol tenue bañaba a aquella Santa María de los Buenos Aires. No era el sol quien aportaba calidez.
“Ese día el general William Carr Beresford, luciendo la roja chaqueta de la infantería inglesa, con su cabeza calva baja y su rostro descompuesto, denotando el difícil momento que le tocaba vivir, cruzó el centro de la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo) desde el fuerte de Buenos Aires (hoy la Casa Rosada) a la explanada del Cabildo”.
Había sangre en su camino. Pasó, seguido de su estado mayor, entre 800 cadáveres, producto de la encarnizada lucha entre criollos e ingleses. Olía a sangre, pólvora y fuego.
En las arcadas del Cabildo, lo esperaba Santiago de Liniers.
Así, el general inglés apesadumbrado entregaba a la cabeza visible de la Resistencia y Ofensiva criolla su espada y las banderas de su fuerza.
Los rioplatenses se apoderaron de 26 cañones y de las banderas del regimiento 71.
El gentío (activo protagonista de la lucha) se comenzaba a sumar y expresar a viva voz sus gritos de júbilo. Aquellos vecinos, sin organización formal y mal armados, habían vencido a la más perfecta maquinaria de pelea del mundo.
Era la Reconquista. 1806.
Las insignias británicas fueron (y aún están) expuestas en la iglesia de Santo Domingo de Buenos Aires con la inscripción tallada en piedra: “Del escarmiento del inglés, memoria, y de Liniers en Buenos Aires, gloria.”.
¡Gloria eterna para aquellos valientes y un ejemplo de dignidad y coraje!
¿Seremos dignos algún día de mirarnos en un espejo semejante?
Nota publicada por La Ciudad el 11/8/17