El proceso que terminó con la devolución del cadáver de Eva Perón se inició en los albores mismos de la Revolución Libertadora, cuando varios de los hombres clave en la historia de este caso ocuparon posiciones en el poder.
Eduardo Lonardi designó comandante en jefe del Ejército al general Julio Lagos, y éste nombró al coronel Héctor Cabanillas jefe del Servicio de Informaciones del arma.
Años después, Cabanillas sería la pieza clave en todo el proceso.
Después del 13 de noviembre de 1955, Cabanillas fue reemplazado al frente de la SIE por el teniente coronel Carlos Moore Koening, que llevó como su mano derecha al mayor Arandía.
El cuerpo de Eva Duarte constituía —para algunos hombres del gobierno que depuso a Perón— un motivo de peligro, y su exhibición en el edificio de la CGT era considerada como una bomba de tiempo.
El coronel Cabanillas comenzó a pensar una alternativa para dar cristiana sepultura al cadáver, aunque después negara su planificación.
Cuando Koening lo reemplazó, obtuvo el permiso del general Aramburu para realizar el operativo. Según lo que se dijo después, Aramburu le ordenó dar cristiana sepultura al cuerpo embalsamado, «pero yo no debo saber dónde».
El Operativo Evasión estaba en marcha. En aquel momento había tres posturas entre los militares que opinaban sobre cuál debería ser el destino del cadáver de Eva Duarte:
– Quienes propusieron la incineración del cadáver (línea más dura).
– Quienes propusieron fondearlo en el Río de la Plata, haciendo caso a la afirmación del doctor Pedro Ara al decir que «ni el fuego, ni el barro, ni el agua pueden destruir el cuerpo».
Pero conociendo el lugar de fondeo. –
Quienes querían darle cristiana sepultura.
Esta última postura fue la adoptada por el presidente Pedro Eugenio Aramburu, quien había escuchado la postura del sacerdote Iñaki de Aspiazu y lo informado por un militar de alto rango que había chequeado cuál era la opinión del Vaticano sobre el tema.
Todavía se dice que ese militar había sido Alejandro Agustín Lanusse.
El 22 de noviembre de 1955 —seis días después de intervenir la CGT— fue retirado el cuerpo de su mausoleo provisorio.
El operativo lo comandó Koening, quien debió firmar un recibo al interventor en la CGT, Alberto Patrón Laplacette.
El ataúd no pudo ser depositado en el entonces Arsenal Esteban de Luca y luego de tres días de loca carrera fue depositado en la sede del Servicio de Informaciones del Ejército, Callao y Viamonte.
Fue ubicado en un cajón de ambalajes frente a la puerta del despacho de Moore Koening que después pasó a formar parte del mobiliario de la habitación, según los relatos.
Nadie, a excepción de las 7 personas que intervinieron en el operativo (entre ellas un llamado mayor Duarte, que en realidad era el mayor Arandía, que hacía las veces de chofer), supo lo que contenía ese cajón.
Tampoco lo sabían el presidente Aramburu ni el vicepresidente, Isaac Rojas.
Quienes muchos años después consultaron los libros del Servicio de Informaciones del Ejército de aquellos días sólo encontraron constancia de que había ingresado al edificio un cofre armero con destino y propiedad del coronel Moore Koening.
Nada más que eso.
Después de los sucesos del 9 de junio de 1956 (sublevación de Valle), Moore Koening fue reemplazado en el cargo por el coronel Mario Cabanillas (salteño y sin ningún parentesco con Héctor Cabanillas), pero el plan ya estaba en marcha.
Ya en mayo del ’56, Koening había hecho dos viajes a Europa y se había entrevistado allí con el coronel Bernardino Labayrú para tratar algunos detalles del operativo.
Pero en marzo del año ’57 el coronel Héctor Cabanillas se reintegró a su puesto en el SIE y ejecutó el O-E (Operativo Evasión), que tuvo lugar entre abril y septiembre de 1957.
Se dijo que desde la presidencia se encargaron 30 ataúdes, 12 de los cuales salieron a ciudades de Europa, África y Asia, conteniendo cadáveres.
Uno de ellos, el de Eva Perón.
Pero la versión de Paladino afirma que salieron 3 ataúdes: uno a Bélgica, otro a Sudáfrica y el restante a Alemania Occidental.
Este último fue el que contenía los restos de Eva Perón.
El operativo culminó el 18 de septiembre de 1957, cuando un féretro supuestamente correspondiente a María Maggi, viuda de Magistris, entró al cementerio Maggiori de Milán.
Los restos de la señora Maggi figuraban como repatriados por su hermano Carlos Maggi, y una religiosa de la congregación de San Pablo (Giuseppina Airoldi) fue la encargada de tramitar su sepultura.
El ataúd fue colocado en la tumba delante de la religiosa y de un hombre que declaró ser pariente de la extinta y que debía volar a Buenos Aires apenas finalizada la ceremonia.
Ese hombre habría sido el coronel Cabanillas, que así creía terminada su misión.
Siempre se dijo que Aramburu había guardado el secreto en un sobre prolijamente lacrado que debía ser entregado por un escribano un año después de su muerte al comandante en jefe del Ejército.
Fue Alejandro Agustín Lanusse quien lo recibió, mientras ocupaba la Casa Rosada. Y puso manos a la obra: lo primero fue certificar si los datos eran correctos, y mandó localizar al coronel Héctor Cabanillas, quien finalmente sería el encargado de entregarle el cadáver a Juan Domingo Perón.
A fines de julio de 1971 ocurrió un hecho clave y poco conocido. Una caja de grandes dimensiones llegó a Ezeiza en un vuelo de Aerolíneas Argentinas que hacía el trayecto Roma-Buenos Aires: traía el cadáver de Eva Perón.
Fue un día sábado, y una camioneta del Ejército lo trasladó hasta el penal militar de Magdalena, donde una comisión de peritos de Sanidad del Ejército, del gabinete médico de la Policía Federal y de la Facultad de Ciencias Médicas revisó el contenido de la caja.
Tan misteriosamente como había llegado, el féretro fue remitido nuevamente a la embajada argentina en Italia.
El 3 de septiembre de 1971 Perón recibió el cuerpo en la quinta 17 de Octubre, donde permaneció por su expresa disposición hasta que fueron traídos a Buenos Aires.
El ataúd llegó al Aeroparque el 17 de noviembre de 1974 —bajo el gobierno de Isabel-López Rega— con un impresionante dispositivo de seguridad.
Fue llevado a la quinta presidencial de Olivos. El 22 de octubre de 1976, ya caído el gobierno peronista, los restos de Eva Duarte llegaron hasta el subsuelo del mausoleo blindado que la familia tiene en la Recoleta, a pocos metros del ocupado —paradójicamente— por Pedro Eugenio Aramburu. Tabaré Areas.
(Investigación: Peter C. Bate y Pedro O. Ochoa, Ruinas Digitales)
Acta de la entrega del cadáver
«En la ciudad de Madrid, Capital del Estado Español, a los tres (3) días del mes de setiembre del año mil novecientos setenta y uno, en el domicilio de la calle Navalmanzano número seis (6), Puerta de Hierro, reunidos los abajo firmantes, el Excelentísimo Señor Embajador Extraordinario y Plenipontenciario de la República Argentina en España, Don JORGE ROJAS SILVEYRA, en nombre y representación del Gobierno Argentino, y el Señor Don JUAN DOMINGO PERON, por sí, ambos dejan expresa constancia que el Señor Embajador Jorge Rojas Silveyra ha procedido a entregar en el día de la fecha al Señor Juan Domingo Perón, con la plena conformidad de éste, una caja mortuoria que contiene los restos mortales de su señora esposa doña MARIA EVA DUARTE DE PERON.-
Para constancia y ratificación de este acto, se firman seis (6) ejemplares de un mismo tenor y a un solo efecto en presencia de los testigos Reverendo Padre Don ALESSANDRO ANGELI, Don JORGE DANIEL PALADINO y Coronel Don HECTOR EDUARDO CABANILLAS.»
La enfermiza y repugnante relación entre un militar y el cuerpo de Evita
Moori Koenig intentó llevar el cuerpo a su casa; pero su esposa, María, se opuso terminantemente.
Así lo recordaba hace unos años junto a su hija, Susana Moori Koenig: “Susana: papá lo iba a traer a nuestra casa, pero mamá se puso celosa.
María (interrumpe): Y cuando lo quiso traer, yo dije no, en casa el cadáver no. Todo tiene un límite”. (Testimonio de María y Susana Moori Koenig en el documental “Evita”, dirigido por Roberto Pistarini para la RAI, 1995.)
El hombre tenía una pasión enfermiza por el cadáver.
Los testimonios coinciden en afirmar que colocaba el cuerpo –guardado dentro de una caja de madera que originalmente contenía material para radiotransmisiones– en posición vertical en su despacho del SIE; que manoseaba y vejaba el cadáver y que exhibía el cuerpo de Evita a sus amigos como un trofeo.
Una de sus desprevenidas visitantes, la futura cineasta María Luisa Bemberg, no pudo creer lo que vio; azorada por el desparpajo de Moori Koenig, corrió espantada a comentarle el hecho al amigo de la familia y jefe de la Casa Militar, el capitán de navío Francisco Manrique.
Enterado Aramburu del asunto, dispuso el relevo de Moori Koenig, su traslado a Comodoro Rivadavia y su reemplazo por el coronel Héctor Cabanillas, quien propuso sacar el cuerpo del país y organizar un “Operativo Traslado”.
Allí entró en la historia el futuro presidente de facto y entonces jefe del Regimiento de Granaderos a caballo, teniente coronel Alejandro Lanusse, quien pidió ayuda a su amigo, el capellán Francisco “Paco” Rotger.
El plan consistía en trasladar el cuerpo a Italia y enterrarlo en un cementerio de Milán con nombre falso.
La clave era la participación de la Compañía de San Pablo, comunidad religiosa de Rotger, que se encargaría de custodiar la tumba.
El desafío para Rotger era comprometer la ayuda del superior general de los paulinos, el padre Giovanni Penco, y del propio Papa Pío XII.
La intervención de Montoneros
La operación eclesiástico-militar fue un éxito y uno de los secretos de la historia argentina mejor guardados.
El asunto volvió a los primeros planos cuando en 1970 Montoneros secuestró a Pedro Aramburu y exigió el cuerpo de Evita.
En los interrogatorios se le preguntó insistentemente por el destino del cadáver de Evita.
Según declaraciones de Mario Firmenich: “Nosotros le preguntábamos a Aramburu por el cadáver de Evita. Dijo que estaba en Italia y que la documentación estaba guardada en una caja de seguridad del Banco Nación, y después de dar muchas vueltas y no querer decir las cosas, finalmente dijo que el cadáver de Evita tenía cristiana sepultura y que estaba toda la documentación del caso en manos del coronel Cabanillas, y además se comprometió a que si nosotros lo dejábamos en libertad él haría aparecer el cadáver de Evita.
Pero nosotros decíamos que esto no era una negociación, que era un juicio. Para nosotros no estaba en discusión la pena [de muerte]. Pero además nos interesaba averiguar sobre el cadáver de Eva Perón.
Por eso, no planificamos un simple atentado callejero, sino una acción de más envergadura, de más audacia, que era como decir: ‘nos vamos a jugar, vamos a hacer lo que el pueblo ha sentenciado’”. (Mario Firmenich, reportaje de Felipe Pigna, Lo pasado pensado, Planeta, Buenos Aires, 2005.)
El Comunicado Número 3 de Montoneros, fechado el 31 de mayo de 1970, dice que Aramburu se declaró responsable “de la profanación del lugar donde descansaban los restos de la compañera Evita y la posterior desaparición de los mismos para quitarle al pueblo hasta el último resto material de quien fuera su abanderada”.
Confesión de un militar
“¿Por qué urgía más a la Junta trasladar el cadáver de Evita que el de Perón?”.
La respuesta del militar no se hizo esperar: “Tal vez porque a ella es a la única que siempre, aun después de muerta, le tuvimos miedo” (María Seoane y Silvina Boschi, “El último viaje de Evita”, Clarín, 30 de julio de 1995)