Comprender por qué votamos como votamos ha sido una tarea ardua de las Ciencias Sociales. Históricamente, dentro de la amplia gama de teorías que pretenden interpretar la voluntad popular, la sociología política ha puesto especial énfasis en el vínculo existente entre la posición social y el voto. Es decir, el lugar que ocupamos en una determinada estructura, como puede ser clase social, religión o etnia, condiciona la perspectiva con la que miramos el mundo.
En este sentido, a partir de las décadas de 1960 y 1970, las sociedades occidentales fueron protagonistas de múltiples transformaciones, entre ellas cambios en el mundo del trabajo, el surgimiento de nuevas clases sociales o la emergencia de valores post materialistas, que facilitaron nuevas líneas de fractura social. En consecuencia, analistas e investigadores se vieron arrojados nuevamente a repensar las causas del voto.
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En las últimas dos décadas, el foco se ha puesto en entender el comportamiento electoral diferenciado de hombres y mujeres, abriendo la posibilidad de considerar el género como un factor relevante en la conformación de las preferencias electorales.
¿De qué hablamos cuando hablamos de brecha de género moderna?
Desde 1980, algunos teóricos han comenzado a iluminar el papel que adquiere el género como variable capaz de explicar las lealtades partidarias. Bajo el concepto de “brecha de género moderna”, los politólogos Ronald Inglehart y Pippa Norris (2003) señalaron que las mujeres jóvenes muestran más afinidad hacia opciones progresistas mientras que los varones se inclinan hacia candidaturas de derecha. Esto respondería a procesos de cambio cultural, a la expansión educativa y a una reconfiguración de las identidades políticas. En este escenario, el género deja de ser una variable sociodemográfica para constituirse como un clivaje que divide visiones de la política. Mientras que las mujeres han integrado la agenda de la autonomía y la igualdad, un sector del electorado masculino experimenta este avance como una pérdida de terreno simbólico y material.
El caso argentino: El fenómeno Javier Milei
En el contexto local, el actual mandatario Javier Milei logró que su discurso permeara con eficacia entre varones jóvenes de sectores medios y bajos. Este apoyo no es puramente económico sino también una respuesta a la crisis de los roles tradicionales. Hoy, los varones jóvenes han perdido peso en el mundo del trabajo y en su rol histórico de «proveedores». Este desequilibrio genera un malestar profundo dado que si el hombre pierde su función de proveedor, su posición social se erosiona, afectando incluso su esfera afectiva. Ante la pérdida de autoridad simbólica, el discurso de las «nuevas derechas» opera como un refugio identitario que promete restaurar un orden perdido.
En esta misma línea, aparece una gran paradoja. Si bien las mujeres enfrentan tasas más altas de desempleo, precarización y una persistente brecha salarial, han logrado mejorar su situación relativa. Un dato a considerar es que, de acuerdo con el relevamiento anual “Mujeres en el Sistema Universitario Argentino” (2021), elaborado por el Ministerio de Educación, las mujeres superan en más del 10% a los varones en cantidad de estudiantes y en número de egresadas en todos los niveles universitarios. Muchas mujeres sienten que avanzan o que, al menos, tienen la posibilidad de hacerlo a través de la conquista de derechos.
Universidades: más mujeres, pero con jefes varones
En contraste, muchos hombres perciben que su trayectoria es descendente. Para ellos, el progreso de las mujeres se percibe como un juego de suma cero. Lo que ellas ganan, ellos lo pierden. Esta diferencia de percepción podría ser el origen de la fractura que separa las preferencias políticas en el cuarto oscuro.
Las ciudades como lugares de disputa
La gestión de las grandes ciudades requiere entender que las demandas de los ciudadanos están hoy mediadas por el género. El acceso al transporte, la seguridad en el espacio público y la distribución de los cuidados no afectan de igual modo a ambos grupos. En las zonas metropolitanas, las mujeres son quienes más dependen de los servicios públicos para gestionar la vida cotidiana (salud, escuelas, comedores). Por lo tanto, un discurso que propone el retiro del Estado puede ser percibido como un ataque a su red de seguridad básica. Para los varones, cuya relación con el cuidado es a menudo más periférica, el Estado es visto más como un ente regulador u obstáculo que como un sostén vital.
Hacia una política de escucha
El desafío para todo representante político es decodificar este nuevo clivaje. No se trata solo de ganar elecciones, sino de evitar que la brecha electoral se transforme en un abismo social insalvable. El género es un lente necesario para comprender hacia dónde se dirigen nuestras democracias. Ignorar esta variable no es solo un error de análisis sino una ceguera que impide diseñar ciudades y sociedades más inclusivas.
(Fuente: Fundación Metropolitana