por Pablo Stein –
El día les estalló en la cara. Era su primer amanecer en libertad.
Habían cruzado el rio Uruguay junto a las fuerzas de Artigas escapando de la esclavitud y recibidos por el cura revolucionario Dámaso Larrañaga se encontraban en las fueras del poblado de Paysandú.
El curita quiso alojarlos en un ranchito construido al lado de su capilla, pero los fugitivos prefirieron dormir al sereno, bajo la protección de las estrellas.
Cuando Tomas de Rocamora fundó C. del Uruguay en 1873, Joaquín tenía 13 años y era propiedad de Joseph de Urquiza. Con un grupo de compañeros de infortunios contempló junto a su amo el acto fundacional.
Ahora ya con más de 40 años sobre sus espaldas y acompañado de la charrúa Guidai, 20 años menor que el, aprovechó la fuga de Urquiza a Montevideo y montando dos de los caballos que acostumbraba cuidar en los campos donde eran explotados se encontraban respirando el aire de la libertad.
La niña de las trenzas rojas
Muy cerca de donde hicieron noche, divisaron un ranchito levantado bajo unos árboles que le daban sombra y hacia allí se encaminaron.
La influencia de Larrañaga era notoria entre los pocos pobladores de la zona y su palabra favorable a Don Gervasio y la gente que lo acompañaba.
Favoreció el buen recibimiento que tuvieron Joaquín y su compañera.
Al poco rato de estar comiendo el pan que ya la dueña de casa había cocinado en el horno de barro construido a la sombra de uno de los árboles, apareció Don Dámaso y conversó en voz baja con quien evidentemente era el propietario.
Casi de inmediato una niña de unos 12 0 13 años salió mate en mano del ranchito.
La escena era surrealista. Sentados en unos banquitos de madera cortados con el filo del hacha, conversando en una mezcolanza de idiomas
Un negro, una charrúa, el cura de origen vasco, el propietario, un brasileño nativo de Rio Grande do Sud y una niña de trenzas rojas que cebaba un mate que a esa hora tan temprana era néctar en boca de los fugitivos.
Un cura de armas tomar
Dámaso era de aquellos curas de “a Dios rogando y con el mazo dando”
– ¿No se logra ser libre sin luchar amigo, va usted a unirse a las huestes de Artigas?
-Nosotros dos, contestó Joaquín.
Mientras se desarrollaba esta conversación, el brasileño se había retirado entrando a su rancho.
Salió de él con una tijera de tusar en una mano y se alejó en dirección a un cañaveral de tacuaras que se encontraba a unos doscientos metros.
En el trayecto se hizo de un machete que por lo visto era usado a diario para cortar las cañas.
Las armas de la Patria Nueva
No le eran desconocidos a Joaquín el trabajo con tientos y su habilidad para fijar cada hoja de la tijera a la caña se puso de inmediato de manifiesto.
Apenas transcurrida media mañana ya estaban listos para sumarse a las fuerzas de Artigas, aunque aún a esas lanzas les faltara darles el filo correspondiente antes de llevarlas a la batalla causando terror en las filas de los ejércitos realistas.
Así nació la leyenda
Don Souza, tal el apellido, aunque nunca se supo su nombre de pila, había vuelto a entrar al rancho y la Doña seguía junto al horno preparando un nuevo amasijo.
Souza que había despedido a Larrañaga se asomó a la puerta del ranchito y aunque ya viejo conservaba una vista muy buena y divisó que por el caminito bordeado de cardos se acercaba un teniente de Artigas y pegó el grito:
-¡Delfina, ensillá el mate que llega visita!-
La niña de las trenzas rubias corrió presurosa hacia el rancho, mientras el recién llegado se acercaba al paso de su caballo.
La historia estaba a punto de entretejer las vidas y transformarlas en leyenda.
Joaquín y Guidai fueron testigos, pero de ellos nada dicen las crónicas de entonces.
Bibliografía consultada
José María Saldaña; “Diccionario uruguayo de biografías”: Ed. Amerindia; Montevideo; 1945
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 8/1/2025