Desde hace algunos meses recibo, a modo de interminable letanía, una consulta en tono de indescifrable enigma: “¿Y el Pato que va a hacer?”.
En la obligatoria gestión vespertina al frente del almacén, un querido vendedor, casi suplicante y a la espera de una respuesta reveladora me pregunta: “¿Y el Pato que va a hacer?”.
Y otro que se apoya a la vieja heladera vertical y con mirada cómplice –como si uno habitara en la conciencia del hombre de distinguido apodo- me pregunta: “¿Y el Pato qué va a hacer?”.
Un rato mas tarde estoy en la cola del pronto-pago y un canoso –que dice estar harto de los políticos y de la política- me pregunta: “¿Y el Pato que va a hacer?”.
Camino por la plaza y me meto rápidamente en la cola del Banco. El tipo que me precede, me muestra con incredulidad la boleta de luz, putea contra el gobierno y, como me juna de la “muni”, me preguta: “¿Y acá, el Pato que va a hacer?”.
Salgo de allí y me corro hasta la farmacia. Me atiende un antiguo empleado, a quien conozco de gloriosas épocas del fútbol nuestro. Por arriba de los anteojos y con filosa mirada oblicua, me inquiere “¿Y el Pato que va hacer?”.
Por suerte en la popular farmacia de los bancarios no hay tanta gente y puedo desocuparme rápido.
Saludo al amable agente que se aburre en la puerta y, desde la esquina de enfrente, otro amigo de la infancia, termo bajo el brazo y mate presto, me llama con gesto ampuloso. Como buen comerciante del centro, siempre muy atento al pulso de la ciudad, me pregunta “¿Y el Pato que va a hacer?”.
Camino a casa, encuentro a un viejo conocido –uruguayense, de arquetípico ninguneo- que me sorprende en su bajo tono y sombría mirada con un interrogante inesperado: “¿y el pato que va a hacer?”.
Estoy por entrar a casa, felicito a mi vecino por su flamante adquisición, una rutilante Amarok que hace pocos días promocionaban por la televisión. Desde la ventanilla y poniendo cara de insatisfecha ostentación me pregunta: “¿Che, y el Pato que va hacer?”.
Hoy es 9 de diciembre. No puedo ocultar el sentimiento de nostalgia que me atraviesa el cuerpo. Y busco en mi querido fútbol una simple analogía que lo explique. Entonces, pienso en el mejor futbolista de todos tiempos; en la profesión de fe que acompañaba su providencial gambeta. A veces la política se parece demasiado al fútbol.
Eduardo Gradizuela, un día de diciembre de 2019.
(aporte de Alfredo Guillermo Bevacqua – foto del muro de Jorge Bonvín)