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Aniversario de la Escuela Torres, 92 “Tucumán”: Mi infancia quedó cautiva en la escuela

por Ana María González   –    

“La infancia  es la verdadera patria del hombre” dijo el poeta Rilke y para mí, la infancia es la escuela primaria. La mía transcurrió en  la Escuela Nacional Nro. 63 Tucumán, la Torres, hoy 92, que estos días cumple 100 años (NR. la nota es de 2019).

Volví pocas veces a mi querida escuela luego de egresar, solo lo hice cuando tuve que votar (antes, porque luego me cambiaron de sede). Entonces traspasaba su puerta de calle Belgrano y sentía una emoción especial, como si entrar en esas galerías fuese ingresar a un túnel del tiempo…de un tiempo feliz, luminoso y colorido, perfumado, despreocupado, con pocos temores y mucha alegría de vivir.

Camino a la escuela

Porque ir a la escuela era una fiesta, era juntarnos en calle Isaías Torres y Boulevard Irigoyen los gurises que veníamos de la zona del Club Rivadavia o la Cancha de la Liga. Algunos eran  los Barcos, los Dobler, los Riera, los Metralle, los Salas, los Rey, los Garnier, las Caballero. Eramos un torbellino de  guardapolvos blancos atravesando la infancia y las vías del ferrocarril, embriagados por la Sibsaya con su perfume verde y sus paredes de ladrillo como murallas protectoras , edificio imponente. A veces canturreábamos en símil inglés, las canciones del Club de la diversión, Funny company, programa de TV que transmitía el canal 3 de Paysandú o el 12 de Fray Bentos. Comíamos los prohibidos chicles Bazooka, los alfajores Tatín o participábamos del debate sobre si eran mejores las galletitas Colegiales o las Manón, Terrabussi o Bagley, Patoruzú o Isidoro Cañones. Cruzábamos las vías del ferrocarril atentos al coche Fiat que iba y venía hasta Paraná, a las locomotoras zumbantes con su aspecto imponente y los vagones que nos entretenían practicando las cuentas clasificándolos según los colores, a la sirena aguda de la Zorra que ya no alteraba nuestros oídos  y los míticos ferroviarios con su uniforme azul… cruzábamos el puente de durmientes y jugábamos con  el fluido de petróleo que desechaban los trenes, corría por el zanjón y hacía que me distraiga por los dibujos con brillos multicolores, ornamentos húngaros, ovnis, que imaginaba en su corriente de olor fuerte. Las vías estaban coronadas de yuyos hacia ambos lados, en primavera reverdecían salvajes y florecían  una multitud de borrajas, cardos y otras flores silvestres que cortábamos para las maestras y se marchitaban antes de ser entregadas,  abundaban los panaderos que  soplábamos al viento, abejas y mariposas amarillas. Ya en la escuela, que estaba rodeada de jardines al frente y al este, nos invadía el aroma de las alverjillas y rosales, en el lado sur estaban los juegos: subeibajas, hamacas, pasamanos y otros.

A la salida no me olvido de la directora Galli que indefectiblemente nos decía:-“Pasen en orden hasta la calle, hasta Mañana niños”.

Y nosotros en coro discordante respondíamos:-” Hasta mañana señorita”.

Mis maestras

Algunas de mis queridas maestras fueron la señorita Yolanda, la Srta. Caffa, Srta. Rita Rozados, que tenía que soportar a un enamorado (el loco Mansilla que entraba con una carretilla y le traía flores robadas y le cantaba una canción donde le confesaba que se le partía el corazón) ella se sonrojaba ante el repetido episodio pero el enamorado era perseverante , la Sra Rotela, Sra. Emma Romero; en mi último año la Sra Amarillo y  Celia Centurión, la salteña que gustaba contarnos historias tétricas. Había otras, que no fueron mis maestras porque me cambié de turno, la Sra Escalante, la Copo de nieve, la Sra. Noriega, la Secretaria muy dulce,Srta. Colombo. Cada una con su peculiaridad, todas me  dejaron  algo bueno. Yo de tanto mirarlas, ya sabía que iba a ser docente, además porque el clima escolar, ese sabor de hogar seguro, de chicos amigos jugando, me encantaba.

Un párrafo especial merece  la señorita Laura Núñez que me dio en tercer grado, recuerdo su letra estirada, su voz suave, ella era un caudal de ternura, todos nos portábamos bien y nos queríamos mucho porque esa maestra era como una gallina con pollitos, cuidadosa; una vez me regaló una muñequita pequeñísima, a las que decían periquita, por ser buena alumna, me dijo, a todos nos regaló algún pequeño presente porque nos habíamos portado bien. Luego la vida me dio la satisfacción de trabajar con su hija y su nieta que fueron compañeras en el Colegio Nacional J. J de Urquiza.

Biblioteca y fiestas

Recuerdo que la biblioteca de la escuela no era grande, pero me abrió las puertas de la magia. Me leí las colecciones completas de Billiken, la roja, la amarilla; los libros de Salvat, los cuentos maravillosos de los Hnos. Grimm, los últimos años los libros de Ricardo Güiraldes y Benito Lynch, las Mujercitas de Alcott y fue  ser un poco Alicia y caer en el País las Maravillas que son los libros.

Era feliz en la escuela porque su arquitectura me daba una sensación de fortaleza y seguridad, observaba el brillo de sus pisos de granito, el trajinar de la portera Zenona con su escobillón gigante impregnado con Kerosene y aserrín, la gran cocina que parecía de batallón, las paredes fuertes limpias, su escenario al fondo, el secreto de túneles y huecos de escondite que se comentaba existían que fueron diseñados por Perón (escuelas E y L) como refugio si la guerra inminente se extendía a Argentina. Es como si aspirase  el olor dulce del mate cocido que nos daban de merienda o a la mañana (estuve en ambos turnos), con los bollos grandes  de la panadería Ratto, ni hablar el chocolate de los días patrios…

No voy a olvidar las fiestas de fin de año que siempre eran impactantes ni los encuentros corales el día de Santa Cecilia, momentos cuando el aire se impregna de perfume de jazmines, rosas…perfume a primavera. Hubo una fiesta de fin de año memorable que fue cuando se representaron los cuentos infantiles, se me grabó la imagen de Cenicienta y toda la fantástica escenografía, fue algo bellísisimo… 

La escuela era vida pura…

Había historias de  novios, también ciertamente de discriminación a veces por el color de piel, la clase social o el aspecto físico. Alguna pelea nos detenía a la salida, se proponían nombres si no aceptaban eran tomados por cobardes, algunas eran breves como la de mi hermano y Castellano otras fueron largas y asustaban. Los gurises hacían cola en el quiosco de los Arellano en la esquina, a la vuelta de la escuela estaba el almacén de los Pizzatti, que se acercaban al alambrado a vender exquisitas porciones de bizcochuelo, mientras la Zenona nos retaba. Jugábamos a las figuritas con aquel album hermoso sobre terremotos, actores, películas, animales…la figurita difícil era pato silvestre, la fácil Angel Magaña se hacía cualquier negociado con ellas. Otro evento inolvidable eran los festejos por la primavera, era  el picnic: la botellita de sidra Numero 1, galletitas y paté, la elección de la reina, los collares de flores de papel que hacíamos. Las maestras nos decían que vayamos bonitas para postularnos, mi madre era antiprincesas y me decía:- no te creas esa pavada, pero yo sí quería ser reina de la primavera y una vez lo fui (pero solo de mi grado). Recuerdo que varias veces salió reina Rosita, bonita de ojos grandes verdes, delgada y delicada, una chica  que vivía enfrente.

La escuela tenía su olor propio: a gomas perfumadas de frutilla, yo moría por las fibras silvapen floreadas, quería doce pero me compraban  cajita de seis. Moría por la moda escolar, las cartucheras con cierres redondeados, los portafolios de cuero con alforjas, las figuritas con brillantina, los mocasines cheyenne de cuero con suela que hacían ruido al caminar…era mi sueño incumplido tener toda esa parafernalia escolar…mis padres siempre decían que no eran necesario pero la verdad es que no tenían plata para darnos los gustos, como por ejemplo nos compraban con gran esfuerzo zapatillas pampero o  zapatos con  zuela de goma, yo a pesar de ese capricho de marzo era muy feliz cuando empezaban las clases.

Me gustaban todas las materias pero la hora de dibujo era mi preferida, para cada actividad sumaba dibujos, mi cuaderno estaba repleto de ellos, era una locura ensimismarme a dibujar tanto que me enojaba con el timbre. Una vez la maestra Lía Mardon que era una muchacha suplente, jovencita, llegó cargada de pinturas y novedades a la escuela y nos enseñó a hacer ampliaciones con papel cuadriculado, dijo que íbamos a pintar murales y pinté uno de Mikey con globos que reconocí muchos años después cuando fui a votar…cuando lo ví, lloraba de la emoción y nadie entendía porqué…

Recuerdo que amaba la hora semanal de composición, siempre me felicitaban, una vez gané el certamen  de La caja de créditos hoy Banco Cooperativo, mi tema elegido – luego de una charla- fue: los símbolos del cooperativismo,  me dieron de premio una caja de ahorro con un pequeño depósito simbólico. La verdad, me desilusionó  el premio pero en mi casa me dijeron que era fantástico; mi padre me mostró su vieja libreta de ahorro de la Caja Nacional de ahorro postal, recuerdo de su niñez y me dijo que el ahorro es algo muy importante. También me entregaron en la Biblioteca Popular El Porvenir  como premio a la asistencia y aplicación el libro El grito de Nélida M. de Calivari.

La escuela 63 tenía buen nivel de enseñanza, algunos chicos vecinos, cuyos padres gozaban de  buenos ingresos, iban a las escuelas del centro y nos hacían bullyng por ir a la escuela del barrio “de los pobres, de los negros” decían, pero mis papis fueron sabios y me decían que nos les haga caso .Tuvieron razón en el secundario fui la mejor alumna abanderada como en la primaria. Las profesoras, las escuché, decían que yo sabía mucho de lengua y es que la maestra Amarillo era sabiohonda y enseñaba al detalle y como era brava yo le hacía caso,  yo la admiraba mucho.

Supimos en 5to grado, de la muerte de Bonasegla, el compañero que  ya no volvió luego de vacaciones de verano, se había ahogado. Por esas épocas conocimos el susto de las primeras mestruaciones que significaban la vergüenza de que te vuelvas manchada a casa y los varones se rieran y todos cuchichearan…

De algunas cosas no me olvido, como por ejemplo el enojo de la señorita Ema cuando se enteraba de que alguien faltaba porque era su cumpleaños, que solo se faltaba por enfermedad, decía indignada y cuando el chico García faltó y luego trajo una constancia, ella nos leyó que decía : “Mi hijo faltó  porque iba a estar descompuesto”, estaba indignada por el mal uso verbal y la horrible letra que era del propio chico que se había hecho la rata.

Momentos memorables

El último año, 1976, sí que pasaron cosas, recibimos abrazos cuando nos festejaron porque ganamos el repechaje del certamen de preguntas y respuestas que organizaba LT 11, Cristina Tami era la conductora, le ganamos a la escuela Normal y a otros chicos de la Avellaneda era como que un equipo de la B le gane a Boca y River…una alegría enorme…después perdimos porque le erré con el arquitecto de nuestra Basílica era Pedro Fossati y yo dije Pablo Cattáneo…igual aprendimos y disfrutamos. Para ir al viaje de fin de curso, el Túnel subfluvial, hicimos campeonatos de fútbol en la plaza Rocamora que entonces era un baldío rodeado de enormes eucaliptus. Las chicas organizaban vermuts en el club Rivadavia, se hicieron Kermeses y varias fiestas grandes con participación de los padres eso fue cuando vino la nueva directora, la Sra. Toscani de Herlein, en aquellos tiempos todas las maestras usaban el “de”, o simplemente el apellido de su esposo pasaba a ser el propio.

Mi regreso

Ahora soy adulta ya jubilada de las aulas aunque no del trabajo literario, profesora de Castellano, Literatura y Latín, la palabra y sus misterios me ha traído muchas alegrías. Por todo eso me acerqué  el viernes  23 a la Escuela 92, noté muy mejorado el aspecto del barrio, estuve un ratito en el acto por el Centenario de la escuela Torres, como una forma de decir GRACIAS, se lo dije a las maestras de hoy que siguen el mandato de las de ayer. Porque en tiempos de meritocracia y de individualismo, no creo que muchas satisfacciones de mi presente  hayan sido posibles solo por mérito mío sino, en parte, fruto de lo aprendido en  mi querida escuela 63, del personal y de sus grandes maestras.  Me gustó volver y reconocer  la escuela, recorrerla, comprobar  que ayer y hoy sigue siendo  abierta, me gustó el acto  en la calle, los abanderados, las familias, los docentes, muchos chicos, vecinos, mis hermanos y una ex compañera: Noemí Germanier; eso es la escuela, un lugar vinculante. Me gustó visitar la escuela  y hablar con su directora la Sra. Castaldi del turno tarde y con algunas maestras quienes me recibieron cordialmente, muy afectuosas, anduve paseando por las galerías, algunas cosas no han cambiado, me mostraron la nueva bandera escolar, me invitaron a firmar el libro de oro, ¡Qué honor! por los 100 años y con gran calidez  recibieron mi humilde obsequio para la biblioteca, mi libro Palabras al vuelo. Pero más que todo ese entorno de la escuela del presente, se me vino encima el mundo interior luminoso y lleno de aromas, música, colores y personas de la escuela del pasado, que sigue intacto en mí. Comprendí, que sin duda la patria es la infancia y la mía está cautiva y protegida allí, entre los muros fuertes de la escuela 63.

Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 30/8/2019

 

 

 

 

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