por Jose Florentino Beorda –
Siempre el calor de hogar tiene perfume a leña.
Y la leña es hogar… si es cabaña por dentro… Humeante rugosidad por fuera visto desde aquellos bosques o las colinas, que el veloz no necesita escalar porque le es posible buscar nivel con cada pluma… y en la simplicidad potente de su ser. Aunque amanezca.
-¡Qué de secretos tiene peregrinar y cuánto enigma!
Lo dije en solo para mí. Sin expresar la idea…
-Sabes más de lo que dices… Y enseñas menos de cuanto sabes… Tú eres el enigma.
Cómo decir que sonreía. ¡Cómo!… Pero su divertimento se reprodujo en mí al saber que me pensaba y acaso, me intuía.
-Sabía que eras tú por el gutural sonido de tu canto y tus planeos… Cual mensajes.
-Eres como mis plumas… (Asintió sin ser preciso). Cada una de ellas las practico y sé de ellas como de mí mismo.
-(Lo dije al acercarme…) Quieres decir que conocerse es el secreto…
El no irradiaba luz. La luz venía de arriba. De un sol a pleno campo… sobre el alero. Como si el amanecer supiera, con sus elementos… dónde estábamos.
-Conocerse implica siempre saber de uno. Sin olvidar que unos también son los de más allá… de tu propia necesidad y de tu propio rostro.
Me sentí un tanto atribulado y dejé de pensar en ello. Tal vez como resguardo.
-No te inquietes… (Después que en su pausa, me observara.) Si preguntas es porque sabes que te inquieta no saber… Sólo así se aprende a reconocer la virtud y delicadeza de tus propias plumas.
Tan sólo recordarlo cierra mis ojos y me queda a pleno… la sonrisa.
-Mis plumas. ¿Mis plumas?
Cuando levanté la vista… ya no estaba. Muy lejos, a la distancia, parecía dirigirse equilibrado hacia el sol.
El enigma se encerraba en el testigo… ¡Y sus plumas!… que había que pensar.
“Cada una de ellas las practico y sé de ellas como de mí mismo”… fue su mensaje al que habría que volver.
Y entonces… se formalizó la confidencia, como parte de él…
-Si las plumas son su reguardo, su vigencia y la complementación eficiente con lo natural, me dije… intrigado y ambulante…
-Salud. Confianza. Amistad…Amor filial… ¿Habrán de ser “las primeras plumas” que de mí, debo reconocer y practicar?
Sobre tan delicado silencio. Majestuoso entonces y la visión puesta en aquella panorámica visual, dejé, pausado, que cada interrogante se adaptase a mí.*
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