Por Juan Martín Garay (*). –
El 2027 ya comenzó. No se trata todavía de nombres, candidaturas ni alianzas, sino de algo más profundo: definir qué se va a discutir, qué proyecto será capaz de interpretar este tiempo y qué futuro queremos ofrecerle a la sociedad. Porque antes de ganar una elección hay que ser capaz de construir el sentido de esa elección.
Falta todavía más de un año para las elecciones de 2027, pero la política ya está en movimiento. Se reordenan espacios, se ensayan alianzas, aparecen nombres y comienzan a construirse los relatos con los que cada sector intentará llegar a la ciudadanía. Sin embargo, hay una discusión más profunda que todavía no ocupa el lugar que debería: ¿qué es lo que realmente vamos a discutir en 2027?
Porque una elección no se define solamente por quién logra construir el mejor mensaje. Mucho antes de que aparezca un afiche, un spot o una consigna, se define algo más importante: el terreno sobre el cual se producirá la disputa política. Y ese terreno no es un dato inevitable de la realidad. Se construye.
NO SE TRATA SOLAMENTE DE GANAR LA DISCUSIÓN
La política suele cometer el error de correr detrás de la agenda. Si la economía ocupa el centro de la preocupación social, se habla de economía. Si la inseguridad domina la conversación, se habla de seguridad. Si aparece una crisis, se responde a la crisis. Pero una fuerza política que aspira a gobernar o a conservar el poder no puede limitarse a reaccionar frente a lo que ocurre. Tiene que ser capaz de interpretar la realidad y, sobre todo, de ofrecer un horizonte distinto.
En definitiva, no se trata solamente de ganar una discusión, sino de definir cuál es la discusión que vale la pena tener.
Ese será uno de los grandes desafíos de 2027. A nivel nacional y provincial, el oficialismo tendrá la posibilidad de presentar su gestión como punto de partida y convertir la continuidad en una opción. La oposición, en cambio, tendrá que demostrar que no pretende simplemente volver al pasado, sino construir una alternativa capaz de interpretar el presente y ofrecer un futuro diferente. Y para eso no alcanza con enumerar los errores del adversario. Hace falta una idea, o varias.
LA POLÍTICA TAMBIÉN SE CONSTRUYE CON COHERENCIA
Hay una segunda cuestión: la identidad. En tiempos de sobreexposición política, cada gesto comunica. Una alianza, una ausencia, una foto, una crítica, un silencio o una decisión dicen algo. Y cuando existe distancia entre lo que se dice y lo que se hace, la ciudadanía suele percibirlo rápidamente.
La coherencia no significa repetir siempre las mismas palabras. Significa que exista una relación reconocible entre las ideas, las decisiones y la conducta política. No hay estrategia de comunicación capaz de sostener indefinidamente una contradicción entre el discurso y los hechos.
Por eso, el problema de la política contemporánea no es solamente encontrar qué decir. Es recuperar por qué decirlo. Y allí la referencia a Juan Domingo Perón vuelve a tener sentido. Para Perón, la política podía ser un combate de ideas, pero un combate sin violencia. La política democrática no elimina el conflicto: lo civiliza, lo convierte en debate, organización, participación y decisión colectiva. No hay democracia sin diferencias, pero tampoco sin reglas que permitan procesarlas.
ACORDAR LAS REGLAS, DISPUTAR LAS IDEAS
En este punto resulta interesante la discusión que plantea Roberto Gargarella acerca de la necesidad de ciertos acuerdos básicos. La idea de un acuerdo político “pre-ideológico” puede ser necesaria para establecer condiciones mínimas de convivencia institucional: respetar las reglas, cumplir los contratos, garantizar la estabilidad de las instituciones y sostener principios que permitan que la democracia funcione.
Pero ese acuerdo tiene un límite. No podemos convertir el acuerdo sobre las reglas en un acuerdo sobre las ideas. Porque si todo aquello que importa queda fuera de la discusión política en nombre de un supuesto consenso previo, dejamos sin contenido a la democracia.
Las reglas deben permitir que podamos discutir qué modelo de desarrollo queremos, qué lugar ocupa el Estado, qué hacemos con el trabajo, la producción, la educación, la salud, la seguridad, las universidades, nuestras economías regionales y las desigualdades que atraviesan nuestra sociedad. Sobre eso no tiene que existir un acuerdo previo. Sobre eso tiene que decidir la democracia. Y se decide votando.
ENTRE RÍOS TAMBIÉN TIENE QUE ELEGIR QUÉ QUIERE SER
Por eso 2027 no debería ser solamente una competencia entre nombres, estructuras o alianzas electorales. Debería ser una discusión sobre proyectos. La Argentina necesita acuerdos básicos para funcionar, pero también necesita volver a discutir política. Y Entre Ríos necesita discutir qué provincia quiere ser en los próximos años.
Una provincia que solamente administra las restricciones que recibe, o una provincia que vuelve a pensar en producción, trabajo, conocimiento, infraestructura, federalismo y desarrollo. Una provincia que acepta que las decisiones se tomen desde afuera, o una provincia capaz de defender sus intereses y construir sus propias oportunidades.
Una política que se limita a administrar lo posible, o una política que se anima a discutir lo necesario. Esa es, probablemente, la verdadera batalla silenciosa que ya comenzó.
EL 2027 SE EMPIEZA A DEFINIR AHORA
Porque el 2027 no se va a definir solamente cuando se abran las urnas. Se empieza a definir ahora, en la capacidad de cada fuerza política para construir una mirada sobre la realidad, interpretarla y ofrecerle a la sociedad una dirección.
El desafío no es encontrar el mensaje perfecto. Es encontrar la pregunta correcta. ¿Qué queremos transformar? ¿Qué queremos conservar? ¿Qué estamos dispuestos a defender? ¿Qué futuro queremos construir? Las respuestas serán mucho más importantes que cualquier eslogan.
Y hay algo más: la política no puede convertirse en una ingeniería de laboratorio donde todo se reduce a encuestas, segmentaciones y cálculo electoral. Las sociedades no son solamente números. Tienen memoria, identidad, expectativas, frustraciones y esperanzas.
Por eso la política necesita estrategia, pero también convicciones. Necesita organización, pero también ideas. Necesita dirigentes capaces de interpretar, pero también de escuchar. Y necesita, fundamentalmente, volver a construir confianza.
UNA POLÍTICA QUE VUELVA A DAR ESPERANZA
Porque al final de cada elección no gana solamente quien obtiene más votos. También gana quien consigue que una parte de la sociedad sienta que existe un futuro posible detrás de su propuesta.
El 2027 será una elección, pero antes será una disputa por el sentido. Habrá quienes intenten convertirla en un plebiscito sobre el pasado; otros buscarán que sea un plebiscito sobre una gestión; algunos intentarán reducirla a una suma de nombres y alianzas. Pero la verdadera discusión será otra: qué queremos hacer con el futuro.
Y allí hay una razón para ser optimistas. La democracia todavía conserva algo que ninguna estrategia electoral puede fabricar: la posibilidad de cambiar el rumbo. Cada generación tiene derecho a discutir nuevamente qué país quiere, qué provincia quiere y qué sociedad está dispuesta a construir.
Hacen falta reglas comunes para convivir y acuerdos para que las instituciones funcionen. Pero también hacen falta diferencias, ideas y proyectos capaces de disputarse democráticamente el futuro. Acordar lo indispensable para convivir. Disputar democráticamente lo que define nuestro rumbo. Y volver a creer que la política puede transformar la realidad.
Ese debería ser el desafío del 2027. Porque la política no está condenada a administrar el presente. También puede volver a construir esperanza.
(*) Abogado, Profesor y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.