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La Fábula del Mercado

Por Luis Alejo “ToTo” Balestri.   –

Que para Nosotros no es verdad que, por obra de una mágica mano invisible,
la suma de las codicias individuales en los mercados construirá la felicidad común,
una burrada interesada con tres siglos de obsolescencia.

El núcleo, el corazón de las teorías tanto neoliberales como libertarias está constituida por la teoría del mercado. En los tiempos actuales, la comunicación te abruma con informaciones y datos falsos y los voceros del sistema no necesitan argumentos válidos para justificar posturas. Distinta fue la situación en los noventa cuando transitábamos la etapa dogmática de la contrarrevolución liberal y era necesario convencer que “el mercado era el más eficiente asignador de recursos” para que se acepte el ajuste y la liberalización de  la economía. Detrás de esa frase hay un modelo matemático que justifica la existencia de una “mano invisible” que transforma las codicias de pocos en algo virtuoso.

¿Qué grado de verdad tiene ese dicho? ¿Por qué nosotros, desde el otro lado, decimos que es una burrada?

Recordemos que  se entiende por mercado al ámbito donde interactúan vendedores de un bien y sus compradores, donde los primeros intentan  ser elegidos para vender y los segundos por lograr el bien. Es una institución que viene desde el fondo de la historia, pero se transformó en central en el sistema capitalista, ya que en él ocurre la formación de los precios. Es decir, el mercadoasigna valor a un bien con vistas a su intercambio y de ese modo se transforman en el instrumento de asignación de recursos, pues de su comparación, los distintos sujetos evalúan perspectivas y deciden comprar o vender.

Digamos que fueron los economistas neoclásicos con su enorme capacidad  de abstracción, quienes dieron  forma a esa teoría a partir de las primeras reflexiones de los clásicos (Smith y Ricardo). El “modelo” es un conjunto de  funciones y ecuaciones elaboradas a partir de supuestos, muchos de ellos falsos o al menos dudosos pero necesarios para armar las funciones. Del modelo se deduce el precio.

El principal supuesto y quizás la principal falacia es el del comportamiento humano que transforma el modelo en un gigante con pies de barro. Suponen que los individuos en el mercado son “seres racionales”. Esto significa personas que tienden a vivir aislados, prestando atención solo a sus intereses y ejerciendo un profundo egoísmo. Además serán muy calculadores, lo que implica que antes de decidir calculan cual es la mejor alternativa para su objetivo. Podemos recorrer todas las teorías de la psicología o directamente desde la realidad, para verificar que ese prototipo de persona no existe. La antropología nos demuestra lo contrario, que tendemos a vivir en comunidad. En fin. ..

A ese modelo teórico  y  algebraico que explica el funcionamiento de los mercados lo llamaron de “competencia perfecta”, para  lo cual el mercado debe cumplir ciertos requisitos, de los cuales los principales  son: a) muchos y pequeños concurrentes, tanto de los que venden como de los que compran, de modo que nadie influya en el precio ; b) que ambas partes tengan la misma información sobre la calidad, la cantidad y los valores del bien; c) que la calidad de los bienes sean homogéneas y d) que todos los sujetos sean libres de entrar y salir  de un mercado cuando quisieran y les convenga. En este último requisito y en caso de empresas, la posibilidad  de salir implica recuperar el capital invertido. La misma libertad debería existir para los otros factores productivos y en esto sabemos que muchos mercados de trabajo, en el centro del mundo, son inaccesible para inmigrantes.

Cumpliendo esos requisitos el precio surgirá de las pujas en el mercado y nadie tendrá influencia en ese proceso. Este sería el ámbito de la famosa “mano invisible”, ya que de esas pujas  surgirá una óptima solución social para asignar recursos, por  lo cual los intereses individuales de cada uno serán la mejor solución desde el bien común.

Desde  las matemáticas y le razonamiento lógico una elaboración brillante, pero  con un severo problema, no resiste el contraste necesario con la realidad a partir  de la cual se transformaría en verdad irrefutables. Ello es así porque la competencia perfecta no existe. Cuando falte algún requisito o no se cumple ninguno, estamos ante la “competencia imperfecta”, de la cual el monopolio es una situación extrema.

En competencia imperfecta alguno de los jugadores tendrá la capacidad de formar precio o de imponer condiciones, posibilidad que se reconoce como tener “poder de mercado”.

¿Cómo llegamos a esta teoría del mercado? ¿Alguna vez hubo competencia perfecta? Si la respuesta es afirmativa ¿Cuándo dejó de existir?

Sabemos que fenicios y griegos los ubicaban en cercanía de sus puertos y esa práctica se trasladó a Roma que sostuvo la institución en las principales urbes y puertos, aunque en esos tiempos la comercialización solo alcanzaba una pequeña parte de la producción.

Durante la primera Edad Media, casi que los mercados desaparecieron, pero en la segunda mitad, al amparo de algunos desarrollos tecnológicos (rotación, molinos, riegos, etc.) hubo un aumento de  la productividad que ocasionó excedentes productivos permanentes que eran llevados al burgo para su venta, ocasionando el retorno de los mercados.

La rutina hizo que se organizaran espacios permanentes donde los que vendían llevaban sus bienes y los que  compraban los iban a buscar. Había tanta afluencia de gente que los artesanos, en vez de esperar los pedidos en sus talleres, los ofrecían en los mercados.

Hacia fines de ese tiempo, la importancia de los excedentes y algunos adelantos aplicados a la navegación hizo que reapareciera el comercio internacional. Ciudades como Venecia, Génova o Ámsterdam ganan dimensiones y en ellos se transan productos que vienen desde lugares remotos. El desarrollo del comercio trajo la aparición de los bancos comerciales. En verdad, el comportamiento de aquellos viejos mercados se parecen mucho a la competencia perfecta, muchos compradores y vendedores, bienes similares y sin preferencias, libertada para entrar y salir.

Con la Edad Moderna hubo cambios importantes que consolidaron ese mercado incipiente, transformándolo en el corazón del sistema naciente: el capitalista. Con el Renacimiento irrumpió la ciencia moderna y la tecnología (su  aplicación a la producción). La Reforma Protestanteacentuó las virtudes de emprender y, sobre todo, legalizóel cobro de interés (antes se hacía pero estaba reñido desde la moral) que incentivó el ahorro y con él la acumulación de capital que permitirá el gran cambio que llamamos la “revolución industrial”.

Un tercer hecho se dio en los nacientes Estados Nacionales, hasta allí de  existencia precaria, recién formados. Para consolidarse se desarrolla una burocracia profesionalizada y un ejército para su defensa, para lo cual necesitaba el desarrollo de una industria autónoma que abasteciera ambas estructuras. El proceso fue al impulso de unos funcionarios a quienes considero los primeros economistas. Ellos impulsaron el desarrollo de esos países mediante la protección de sus mercados.

Al amparo de algunas monarquías (en especial la inglesa) el desarrollo tecnológico se acelera. Algunos talleres empiezan a descubrir que tienen más pedidos de un bien que de otros y mejores capacidades productivas por lo que comienzan a especializarse. Ya no producen por pedido sino para el mercado. Las rutinas productivas permiten ir especializando los trabajadores de modo que el taller artesanal se transforma en la fábrica. Los nuevos fabricantes en vez de ir a levantar pedidos a los mercados, llevaban sus productos para vender.

Ese lento proceso de incubación del proceso industrial y por ende del capitalismo, se dio en un marco de protección y fuerte impulso estatal dado por los mercantilistas. La revolución industrial y el auge de Inglaterra fue consecuencia del intervencionismo estatal y no del libre comercio internacional.

El apogeo de la revolución industrial ocurrió con la máquina de vapor. Se aplicó a equipos productivos, pero el impacto más rotundo ocurrió cuando se lo utilizó en el ferrocarril y en los buques a vapor. Ambos medios multiplicaron en mucho la capacidad de transporte y la velocidad del desplazamiento. Los fletes por unidad cayeron de un modo importante y muchos perecederos pudieron transportarse a otros lugares.

En ese contexto los productos que antes eran locales pudieron llegar a otros territorios y si tenían mejores costos, pudieron desplazar la producción del lugar. Las comarcas británicas  empiezan a  especializarse y sus mercados a  tener un alcance regional en una primera instancia y nacional a posteriori. El precio que se formaba en ese mercado era tomado como referencia regional o nacional.

A pesar del aumento de su dimensión, esos mercados de doscientos años atrás seguían teniendo un funcionamiento asimilable al perfecto. Todavía los que concurrían eran muchos (aunque cada vez menos), los bienes no tenían preferencia aunque ya empezaban a diferenciarse, todos podían apreciar lo que ocurría en el mercado y  aun se podía entrar y salir sin incurrir en “costos hundidos”,porque si bien el desarrollo tecnológico se había acelerado aún no era tan complejo ni especializado, con lo que al cambiar de rubro podía recuperar casi toda su inversión.Podemos decir que todavía eran de competencia perfecta. Estos son los mercados que estudian Smith y Ricardo.

Poco tiempo después la cosa empieza a cambiar. Llega la llamada “segunda revolución industrial” con la aplicación tecnológica de la electricidad y el motor a explosión y una enorme capacidad de acumular capital a partir de la expansión de las sociedades por acciones. Este contexto transforma el capitalismo, pues las nuevas industrias (petroleras, automotrices, eléctricas, etc.) son enormes y, al amparo de las tecnologías y del nuevo capital aparecen líderes que dominan los mercado.

Con la segunda revolución industrial irrumpe la gran corporación y con ella emergen los administradores profesionales y los capitalistas rentistas al decir de Veblen. Cuando una empresa domina el mercado forma los precios. Quien forma precios tiene “poder de mercado” que le permite quedarse con la tajada más grande de los recursos que distribuyen.

Con las grandes corporaciones de la segunda revolución industrial desaparece la competencia perfecta. La concentración de la oferta hace innecesario que el vendedor vaya al mercado y realiza sus transacciones desde sus propios puntos de ventas. Al desaparecer la referencia territorial, desaparece el conocimiento de lo que se transa, sus calidades y sus precios. La información empieza a ser asimétrica. Otro requisito que no se cumple.

Ya en el siglo XX, la propaganda desde medios masivos genera preferencias de producto, con lo que se rompe este requisito de homogeneidad de la calidad de los bienes. Por último, las nuevas tecnologías tienden a ser cada vez más especializadas, con lo cual salir de un mercado recuperando su inversión empieza a ser muy difícil.

Un economista sobre el cual he abrevado bastante (Galbraith, 1981) dice que el auge de la gran empresa llevó al ineluctable declinar del mercado, hasta transformarse en un concepto abstracto  que implica la venta o la compra de un bien o un servicio en cualquier lugar.

Lo paradójico es que cuando los neoclásicos perfeccionan su modelo algebraico, el mercado de competencia perfecta ya había desaparecido o estaba en trances de sucumbir. Ya avanzado el siglo XX los continuadores de aquellos neoclásicos siguen teorizando sobre el viejo y desaparecido mercado territorial y nos siguen hablando de la mano invisible.

Si la realidad cambió ¿Por qué siguen con esa teoría? El mismo autor sostiene que “se aferran a su fe incondicionalen la supremacía del mercado” y se imaginan que “un milagro invertirá un día el sentido de la corriente y les dará la razón en su actitud de creer en la supervivencia del mercado competitivo”. Nótese el concepto de fe y no de verdad.

En lo personal pienso que ya esas grandes corporaciones habían comenzado a pagar escribas que sostuvieran sus intereses, que ya apuntaban a evitar que el Estado se meta en la formación de precios, para poder hacer lo que se les antoja.

Galbraith cierra diciendo que “solo los manuales y la enseñanza oficial constituyen aún, como si su supervivencia dependiese de eso, el último bastión de la teoría clásica del mercado”. Termina afirmando que son “los autores de la fábula del mercado”.

Cuando leí la primera vez al autor me maravillé por su síntesis. ¡Qué buena explicación! ¡La fábula del mercado! Un relato ficticio de algo que fue pero ya no es. Pero cuyo relato necesita seguir repitiendo y perfeccionando para sostener las nuevas formas del capitalismo

Hoy la fábula no se agota en el modelo matemático y la “mano invisible”. Sostienen que el mercado funcionando con libertad como en el modelo permitirá conformar la forma más acabada y perfecta de organización social. En su propuesta argumentan que vivimos en una sociedad de seres libres e iguales donde no existen relaciones de poder. Se trata de un orden espontáneo que se organiza desde las relaciones del mercado. Se trata de un orden oculto a los ojos de las personas  pero que genera el mejor de los mundos posibles, que tampoco vemos.

En la década del 70 y del 80 se produjo una nueva mutación del capitalismo acompañado por cambios políticos operado en el mundo a partir de las presidencias de Reagan en Estados Unidos y de Thatcher en Inglaterra. En todo ese proceso de cambio se multiplican los llamados “tanques de ideas” ahora financiadas por las nuevas corporaciones transnacionales que a través de los medio de comunicación masivos que también les pertenece repiten y replican la fábula del mercado.

El relato se perfecciona: el mercado (que nadie encuentra ni ve) se transforma en el único mecanismo con capacidad de generar riqueza en forma ilimitada porque era el único que podía atraer las inversiones necesarias para crecer. Por lo tanto sostienen que las políticas liberales de mercados desregulados eran inevitable. A quienes refutábamos aquellos argumentos nos trataban de cavernícolas.

También reconocen que había personas que quedaban afuera de los beneficios del mercado y lo justifican diciendo que esas dificultades eran transitorias, ya que con el tiempo, en el largo plazo, crecimiento de por medio, se conseguirá que lo producido colmen a los que ya están y derrame para todos. En los noventa era común la “teoría del derrame”. Según la misma todo era cuestión de tiempo, de paciencia y de dejar actuar al mercado en libertad.

Una vez más la realidad nos enseñó que nunca derrama, que cuando un vaso se llena se lo reemplaza por otro vacío. Ante esta evidencia innegable, los voceros de la fábula sostienen que el problema no es de la teoría sino de los políticos que la aplican mal y son corruptos.

Hoy acusamos a nuestro presidente de crueldad, pero más allá de algunos factores personales de su fanatismo, esa característica es propia de la fábula del mercado: son eficientes porque expulsan a todos los ineficientes. ¿Que habrá empresas que cierren y personas sin trabajo? Claro, es el costo de la eficiencia, pero, otra vez, en el largo plazo se ocuparán. Además, se trata de “leyes naturales” que por lo tanto no deben ser alteradas por  esa “aberración que llaman Justicia Social”. Cualquier intervención en pos de esa finalidad será “populismo” porque no es acorde a la “ciencia económica”. Frente a la dureza de esas leyes naturales solo cabe la compasión.

A pesar de esos argumentos, la fábula del mercado de los neoliberales acepta al Estado como un mal necesario, pues debe existir alguna institución que garantice el derecho de propiedad, pero solo admiten un “Estado mínimo”, que no vaya más allá de esa función. No termino de entender a los libertarios quienes pretenden suprimir el Estado. Supongo que en esta alternativa la propiedad se garantizará a punta de fusil.

La prédica fue tan intensa que me animaría a decir que “moldeo conductas y perspectivas”. Nadie encontraba un mercado perfecto, pero se insistía que era la única salida. ¡Y así nos  fue! En el mundo, la brecha entre ricos y pobres se fue agrandando a niveles impensados. Aquellos que en algún momento tuvimos pretensiones de soberanía e independencia retrocedimos de un modo grave.

Pero no solo la realidad refuta la fábula del mercado. Recordemos la famosa frase de Keynes cuando le hablaban de la autorregulación de los mercados en el largo plazo. Dijo “en el largo plazo estamos todos muertos”. En una crisis es inevitable la intervención del Estado, como hicieron norteamericanos, europeos y japoneses ante la crisis del 2008.

Desde la llamada segunda revolución industrial los mercados tienen distintas formas de “competencia imperfecta” que ocurre cuando no se cumple algún requisito. Hay muchas combinaciones posibles de competencia imperfecta pero hay un elemento particular que caracteriza a todas ellas: la posibilidad de algún sujeto de formar los precios o sacar ventaja de su posición dominante.

Llamamos a esa posibilidad de formar los precios “poder de mercado”. El formador de precios o quien tiene ventaja, en un mercado libre, se queda con la tajada más grande. Todo lo que toma en exceso se lo saca a las otras partes intervinientes.

Por lo tanto, el resultado de aplicar la fábula del mercado es una distribución muy desigual de la riqueza que ira agravándose en el tiempo con sujetos que quedan excluidos del sistema. Frente a esta situación, y para nosotros haciendo ejercicio de la justicia social no existe otra alternativa que la regulación y fiscalización del mercado y, cuando corresponda, la intervención directa o indirecta del Estado en la formación de precios. Es la única institución que puede poner límite al “poder del mercado”. No en vano, es el Estado la institución más atacada de nuestro tiempo.

Cerremos la reflexión con una última pregunta. Si la teoría del mercado es una fábula ¿Por qué se la sostiene? Dejo la respuesta de Galbraith (1979) “el mercado es una construcción ideal que conviene perfectamente a los economistas y les asegura material para obtener ingresos y para reflexionar”; pero más adelante agrega “y a las grandes corporaciones le conviene la prédica hacia el libre mercado; no quieren que nadie los condicionen su posibilidad de formar precios”.

A lo de Galbraith agregamos que en un mundo complejo como el de hoy es necesario salir a dar la batalla explicando que el mercado es una fábula. No es una tarea fácil pues el poder financiero concentrado domina no solo a las corporaciones sino también a los medios de comunicación masivos, a muchos políticos al uso del sistema (algunos dentro de nuestra propia fuerza) y a muchos miembros del poder judicial.

Es una batalla bastante desigual porque, tal cual lo describiera Jauretche, estarán los figurones que con su prestigio avalan a los medios masivos, que a su vez les retribuye alimentando ese prestigio. Desde un pedestal académico recitan la fábula para que sea creída.

Quienes queremos una sociedad más justa debemos asumir la obsolescencia de la “mano invisible” y explicar y persuadir que como dijo Galbraith, estamos ante una fábula, ante un relato ficticio que solo busca proteger los intereses de los poderosos.

Saber que el mercado requiere regulación y fiscalización y no dudar cuando el bien común lo aconseje a intervenir. Como escribí en otro artículo, socialmente es muy peligroso que la formación de los precios de bienes inelásticos como los alimentos y los servicios monopólicos estén en manos de sujetos “poder de mercado”.

(1)  Luis Alejo “Toto” Balestri. – Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Córdoba (España).- Contador Público por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). – Diplomado en Relaciones Internacionales por la Círculo de Legisladores del Congreso de la Nación Argentina y el auspicio de la UBA.

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