Mientras las facultades siguen produciendo ingenieros, economistas, abogados y administradores, la demanda real del mercado se desplaza hacia perfiles híbrido.
El desafío para quienes pierden sus empleos no es menor. Algunos solo encuentran nuevas oportunidades en oficios manuales o en la economía informal -servicios de reparto, plataformas de trabajo por encargo- donde la flexibilidad convive con la precariedad. Otros, con acceso a programas de upskilling, consiguen reubicarse en áreas tecnológicas o de análisis. El informe indica que, de aquellos que requieren formación, 29 podrán capacitarse en su puesto actual, 19 transitarán hacia funciones diferentes dentro de la misma organización, pero 11 quedarán en riesgo por falta de programas adecuados de reconversión.
Esta realidad reviste particular gravedad para los recién graduados universitarios. Mientras las facultades siguen produciendo ingenieros, economistas, abogados y administradores, la demanda real del mercado se desplaza hacia perfiles híbridos que combinan conocimientos técnicos con competencias socioemocionales como la adaptabilidad o la gestión de proyectos ágiles. En muchos casos, los egresados enfrentan la paradoja de una oferta educativa desfasada respecto al ritmo de la innovación empresarial, lo cual favorece la aparición de brechas de empleabilidad y el encadenamiento de contratos temporales o de prácticas sin horizonte claro.
Frente a este escenario, la alianza entre universidades y empresas se vuelve imperativa. Incorporar en las carreras materias como programación, ética de la IA, análisis de datos y habilidades blandas ya no es una recomendación: es una exigencia para que los graduados no lleguen al mercado laboral con un título cuya relevancia práctica se haya desvanecido. Además, el modelo de formación dual, donde el estudiante alterna clases teóricas con prácticas en entornos corporativos, podría acortar la brecha entre lo aprendido y lo demandado por las organizaciones.
Desde la perspectiva de las políticas públicas, los gobiernos tienen en sus manos palancas fundamentales: incentivar la formación continua mediante bonificaciones fiscales, subvenciones para la reconversión sectorial y redes de protección social que mitiguen el impacto de la transición. Sin medidas que aseguren el acceso equitativo a la capacitación y un colchón económico para quienes quedan fuera del mercado formal, la adopción de la IA corre el riesgo de exacerbar la desigualdad y generar una fragmentación social sin precedentes.
Desde mi perspectiva, la adopción de la IA no puede limitarse al despliegue tecnológico; debe concebirse como un proyecto de gestión del cambio que preserve la cohesión interna y valore el capital humano. Diseñar planes de upskilling personalizados, anticipar las necesidades de nuevos perfiles y establecer rutas de carrera alternativas son pasos esenciales para convertir la disrupción en una ventaja competitiva sostenible.
La automatización y la IA han vuelto inevitable una pregunta que pone a prueba nuestro contrato social: ¿cómo acompañamos a quienes pierden empleos tradicionales sin descuidar la excelencia operativa y la innovación? Si logramos diseñar sistemas de aprendizaje continuo y políticas laborales inclusivas, la misma tecnología que desplaza tareas podrá impulsar un mercado más dinámico, creativo y resiliente; de lo contrario, el churn proyectado del 22 % podría traducirse en una ola de desempleo estructural y precariedad. En ese equilibrio delicado, reside el verdadero desafío de nuestro tiempo: hacer que el progreso tecnológico rinda frutos para todos.
(fuente: https://www.ambito.com/)