Nació en Buenos Aires, el 17 de agosto de 1891. Ya de pequeño, viajó a Europa, donde estudió en París e Inglaterra.
Participó en revistas que estaban en contacto con las primeras vanguardias artísticas del país, como Proa, Prisma y Martín Fierro, en las que también escribieron Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Macedonio Fernández y Leopoldo Marechal, la mayoría de ellos del Grupo de Florida, del cual Girondo fue uno de sus principales animadores.
Sus poemas, llenos de color e ironía, superan el simple apunte pintoresco y constituyen una exaltación del cosmopolitismo y de la nueva vida urbana e intentan una crítica de costumbres.
En 1926, en un almuerzo organizado en honor a Ricardo Güiraldes, conoció a Norah Lange, poetisa con la cual se casó en 1943 y con quien emprendería innumerables viajes.
Fue amigo de Pablo Neruda y Federico García Lorca.
En 1961 sufrió un accidente muy grave que lo dejó imposibilitado físicamente.
El maestro Galasso, en el Tomo I de la colección de Los Malditos en la página 300 dice: «… podría concluirse que era un hombre de la clase alta, con algunas rebeldías para escandalizar en los clubes, ajeno totalmente a toda inquietud por la suerte de sus conciudadanos. Pero ocurre que la casi totalidad de los críticos han olvidado algunos detalles de la vida de Girondo, que han sido recordados excepcionalmente. Por ejemplo, Francisco Urondo señala que Girondo “fue irigoyenista en sus tiempos –no alvearista- y que tuvo una desinteresada y efímera esperanza en Frondizi, años después, que luego revirtió en desprecio y arrepentimiento: ‘Cómo me pudo engañar ese mentiroso’, decía”.
También Urondo hace referencia a que Girondo es autor de un libro titulado “Diario de un salvaje americano” que, según sugiere Ramón Gómez de la Serna, provendría de un giro del poeta hacia lo latinoamericano, pero que habría permanecido inédito y no integra sus obras completas.
Por otra parte, Alberto Perrone alude “a la preocupación por el hombre, lo que él ocultaba bajo la broma mordaz, como si la diversión profunda no fuera sino un modo de acceder a lo humano”.
Jauretche por su parte, sostenía que el poeta nada tenía que ver con el resto del mundillo literario oficial, que era profundamente nacional y se interesaba mucho por la obra realizada por FORJA, de la cual era cotizante.
Como advierte el lector, estos datos cambian el perfil de don Oliverio.
Pero existe aún otra cuestión que la mayor parte de críticos y comentadores han omitido y que sólo Jorge B. Rivera tuvo la valentía de hacer pública en “La Opinión”, del 15/07/1973.
Se trata de un breve pero importantísimo ensayo político publicado en 1940, que lo revela en una faz desconocida: su posición antiimperialista.
El lector seguramente se sorprende: el dandy, el aristócrata, el esteticista, el millonario ¿podía acaso preocuparse por el imperialismo?
Ese folleto se titula “Nuestra actitud ante el desastre” y en sus partes fundamentales sostiene:
“No basta denunciar la existencia de la organización nazi entre nosotros, ni delatar los peligros que ella entraña… Hay que comprender, sobre todo, que no existe otra manera de combatirla, ni de aunar la opinión pública del país, que indicarle que ha llegado el momento de liberarnos, de una vez por todas, de la opresión económica, casi secular, que nos asfixia. Antes de adquirir una cabal conciencia de nuestros intereses vitales y de plantear esos problemas con un espíritu argentino, no será posible la aparición de un movimiento nacional, no decimos nacionalista, sino nacional. Mientras la economía del país se encuentre, en su mayor parte, en manos extranjeras y todos los servicios públicos no nos pertenezcan, resultará ilusorio defendernos del atropello exterior o erguirnos ante cualquier amenaza externa… Nuestro anhelo de emancipación no responde a un bajo instinto de codicia, sino a la necesidad impostergable de expresar nuestra personalidad, ya que es inconcebible la existencia de un espíritu propio en un organismo que no nos pertenece… Envanecidos por el hecho de figurar entre los grandes países exportadores, hemos permitido que Europa falsee, por medio del halago y del soborno, el ritmo de nuestro desarrollo, hasta llegar a preocuparnos de sus necesidades muchísimo más que de las nuestras.»
Oliverio Girondo falleció el 24 de enero de 1967.