por Rodolfo Oscar Negri –
Segundo Paso EL «DEL CHALECITO»
Seguramente mi personalidad (como la de todos) se fue moldeando desde chico.
Estoy convencido que jugaron un rol determinante las historias- que en lugar de cuentos infantiles- nos contaba mamá a la hora de acostarnos. antes de apagar la luz. En realidad nos leía libros que mezclaban tragedias e intrigas del Imperio Romano, vidas de Napoleón Bonaparte, el Santo de la Espada, Vidas Ejemplares, en fin…todas con un importante mensaje, donde se incluían fuertes dosis de gloria, heroísmo, rebeldía, etc.
Pero básicamente, grandeza. En todos los aspectos. A la hora de dormir, la casita de mi infancia en la calle 48, se poblaba de grandes reinos, emperadores, generales, actos valerosos, victorias gloriosas, cargas de caballería, acciones heroicas, campañas por la libertad…y su puerta se habría al compás de la voz de mamá-con su tono suave, casi teatralizando la lectura y una dicción envidiable-para que Carlitos (mi hermano mayor) y yo, ingresáramos a esos mundos, lejanos, imaginarios, bellos, de grandes gestas…
Tal vez por eso, a lo largo de toda mi vida, he sido un contestatario. Desafiante. A veces gracioso, atrevido, insolente, otras irónico y algunas patético. A pesar de que la estampa nunca me ayudó (soy de físico menudo y débil, con anteojos de una enorme graduación, Bah…un espanto…) eso no fue impedimento para que me «plante» (equivocado o no, yo no lo sabía) ante lo que me parecía que estaba mal. No se porque designio del destino o porque la voluntad de Dios así lo quiso ( a usto del consumidor), utilizando el lenguaje de mi pueblo, la saqué barata. Muy barata. No digo que, a lo largo de la vida, no tuve que pagar más de una vez el precio al atrevimiento, pero-insisto- en el balance, la saqué regalada.
En aquella ciudad de La Plata, chata y pueblerina, de fines de la década del cincuenta y comienzos del sesenta transcurría aquella infancia que les cuento.
Virulenta en lo político, pero muy tranquila y feliz para nuestra propia inocencia. Donde se repartía la leche en carro, el hielo venía en barras (para unas heladeras carentes de electricidad) y-también- se repartía en carro y el vino se compraba en granel. Donde no había supermercados y la rotisería de Iñiguez abastecía de todo lo de almacén(no puedo olvidar su mostrador, atrayente vidriera de exquisiteces, que tenía-en enormes frascos- golosinas y el tesoro más preciado para todos los chicos:enormes pedazos de fruta abrillantada, la deseada recompensa de las victorias, el premio de tantos y tantos campeonatos de fútbol).
Donde el tranvía 11 parecía un monstruo que-ruidosamente- avanzaba sin piedad, por el inexorable camino demarcado por las vías de la calle 49.
Recuerdos, sensaciones, nostalgias, sabores, aromas y olores…todo todo está en la memoria de los que compartimos aquellos años en aquel momento y en aquel lugar.
Pero volvamos a nuestro cuento.
El patio de juego, no estaba en casa; sino a la vuelta de la esquina. En la rambla de la avenida 19.
En aquel entonces tenía dos hileras de árboles frondosos que- a los lados de la misma- formaban una cancha de fútbol ideal. Nuestro propio estadio. Casi sin pasto, en la media cuadra que se acercaba a la calle 49 debido al intenso uso que le dábamos. ¡Qué tarde no nos juntábamos aquel puñado de chiquilines!, con una pelota de fútbol (de un cuero tan gastado, que a veces, parecía que brillaba, arreglados sus gajos con costuras caseras que convertían en un suplicio cada cabezazo) o una de goma marca Pulpo , con rayas rojas y amarillas, como meridianos de un globo terráqueo y un rombo azul donde se destacaba la marca. Toda una garantía.
Recuerdo que en las casas que estaban ubicadas en el sentido sur de la calle, al costado del imaginario estadio y más precisamente, entre la casa de «Pechuga Pérez, y lo de «Bocho» Laurencena, había un chalecito blanco, inmaculado. Con un jardín muy cuidado delante de la casa, con generosos canteros con flores y un tapialcito que lo separaba de la amplia vereda.
El dueño de tan hermosa morada, era un señor mayor (seguramente jubilado), de pelo blanco, tez quemada por el sol, que pasaba horas y horas trabajando y arreglando ese jardín. Aunque , en realidad, por lo que más se destacaba, era por su mal humor.
Cuando trabajaba entre sus plantas, lejos de disfrutarlo, maldecía. Maldecía, también, a cada uno de los pasaban y distraídamente lo miraban. Algunas tardes se sentaba en una reposera, debajo del alerito que delante de la puerta de entrada a la casa, dominaba su jardín y se dedicaba(como el mejor de los perros guardianes) a mirar agresivamente a quienes pasaban por la vereda.
Nosotros éramos en realidad, su mayor enemigo. No lo decía, pero nos dábamos cuenta. Nuestra habilidad futbolera tenía sus altibajos y la posibilidad de que un pelotazo golpeara en el parendocito blanco, impecable, del «del chalecito» era todo un peligro.
No solo por el hecho de que se ensuciara, sino solo porque así ocurriera. Ni qué hablar si, por un mal rechazo, la pelota superaba la parecita y caía al jardín. Más de una vez, alguna «patrulla» armada de un inmenso miedo. saltaba el obstáculo y recuperaba la deseada presa. claro que, siempre y cuando, el «del chalecito» no estuviera presente.
Una tarde tuvo que ocurrir.
La Pulpo pica más que la de cuero y cayó frente a él. A los pies de donde estaba sentado. No solo había superado la parecita, sino todo el jardín.
Comenzó a maldecir, sacó un cuchillo ( que nunca vimos antes y que-se veía- tenía preparado, tal vez desde hacía mucho tiempo esperando esta situación) y la emprendió contra la pelota de goma.
Nosotros, helados e inmóviles, veíamos-asombrados y calladamente-la escena. Cuando terminó con su trabajo de destripador, salió furioso a la calle corriendo hacia nosotros. Todavía con el cuchillo en la mano.
Gritando los peores insultos y amenazando repetidas veces con»Ahora van a ver, hijos de p…»
Todos los chicos salieron corriendo despavoridos, tomando diferentes rumbos. ¿Quién no? Siempre hay un atrevido. Yo, el flacuchín, me quedé parado e increpé al energúmeno, que venía hacia nosotros.
«Primero respete, deje de insultarnos, que nadie lo ha insultado a Ud.», le dije. «Después conversemos» rematé.
Es mas, con total insolencia, pensaba reclamarle por la pelota destripada.
El «del chalecito» quedó tan atónito que se paró y me miró fijamente, con ojos de odio.
Fue un segundo. lo suficiente como para darme cuenta de que no había margen.
A duras penas pude esquivar la terrible patada que me tiró y comencé a correr hacia el otro lado.
Para la calle 48. Hacia casa. Obviamente, había una diferencia de velocidades, gracias a Dios a mi favor.
Llegué y pasé por la puerta como una exhalación (¡qué suerte que por aquellos tiempos, las puertas de calle no se cerraban con llave!).
Detrás mío, llegó él. Se detuvo en la vereda y comenzó a gritar, toda clase de improperios.
Se prendió al timbre de casa, como para que no dejara de sonar nunca.
Papá, con su parsimonia de siempre, salió de su taller de carpintería (ubicado al fondo de casa), abrió la puerta despaciosamente y le preguntó qué le pasaba.
El rosario de insultos que, hacia mi, este buen hombre recitó fue interminable. Papá entornó la puerta y me fue a buscar a la pieza ( mi último refugio).
Me preguntó, tranquilamente, qué había pasado. Le conté. No hizo comentarios y volvió a la puerta de calle.
Desde mi cama lo escuché decir ”Mándese mudar ya de acá o lo saco a patadas…”. ¡Qué extraño era escuchar esas palabras saliendo de la boca de un hombre tan tranquilo y pacífico! Papá jamás me volvió a decir nada del tema.
Días después, cuando volvimos a reunirnos para jugar a la pelota, Todos me miraban con admiración…y yo, yo me sentía Alejandro el Grande.
(Este cuento forma parte del libro «Doce pasos de pantalones cortos» de Rodolfo Oscar Negri editado por ControlPrint en marzo de 2010)