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Linfoma, médicos y yo en el medio 

Testimonio de Veronica Reynoso   –   

Mis síntomas comenzaron a mediados de 1998. Tenía 38 años. 

Nadie enferma porque si. Venía corriendo sin parar, cumpliendo los mandatos con responsabilidad como correspondía. Los años previos fueron duros.
Niñez de padres separados, adolescencia de mucha soledad.
Luego a mis 21 muere mi padre y a mis 30 mi madre. Mis hermanos vivieron siempre lejos.
Mis hijos fueron el mejor regalo de la vida. Los tuve entre los 20 y 28 años.
A los 28 terminé la carrera de Contador luego de tres mudanzas en el medio.
 De repente mi cuerpo claudicó. Empezó por mis pulmones y mi ovario derecho. Fue al unísono. Las señales se sumaban y se sumaban.
Recurrí a cuatro médicos locales en aquel diciembre del 98 para saber qué me pasaba.
El diagnóstico fue estrés y la mejor receta era que me fuera de vacaciones. Eso hicimos. Mis hijos tenían 17, 15, 13 y 9 años.
A los dos días de irnos, volví con mi esposo en avión ambulancia.
No quise operarme en el Uruguay, los médicos uruguayos no querían que corra más riesgos trasladándome así. Pero me negué. Gran error.
Me operaron el 31/12/98 en mi ciudad, pero en el apuro y complejidad del cuadro me sacaron el quiste de 16x9x6cm y el ovario sano.
El 16/01/99 me operan nuevamente. Ahí fue más complicado, estaba débil, tuve hemorragia interna por ovario enfermo que no sacaron y debí permanecer en terapia sin poder reponerme.
Me trasladan a Bs As, hospital Italiano.
Luego de varios estudios mientras estuve internada, quedé en manos de una neumonóloga quien finalmente me da el alta sin diagnóstico. Las placas y el síntoma de hemoptisis o sangrado pulmonar, eran suficientes pruebas de que había que operar y ver.
Eso hicieron en el hospital María Ferrer en abril de 1999.
El diagnóstico fue: Pseudo linfoma. Solución: ninguna.
 Mi vida en estos años fue de lucha, de resistencia a los síntomas cada vez más insoportables, de búsqueda de solución, de levantar cabeza luego de tan graves negligencias médicas y de algunos médicos que no deberían ejercer más.
Paralelamente una realidad chocaba en mis narices: me di cuenta que el sistema social, cultural y económico, no admitía pausas.
 Todos estaban atrapados en sus propias redes, nadie podía parar. Así fue que me las arreglé casi siempre sola.
Viajaba en cole a bs as, tomaba subtes o colectivos, iba de un hospital a otro.
La edad de los chicos nos obligaba a repartirnos, Hugo quedaba con ellos cuando debía ir por estudios o consultas.
Los momentos más terribles fueron las altas médicas, principalmente la del Italiano.
Las palabras que me dijo aquella doctora cuando le pregunté cómo hacía para seguir viviendo así, fueron terribles: “Tendrás que acostumbrarte. A lo sumo te separarás!”
Salí como pude y ese mismo día fui al otro hospital donde depositaba mi última esperanza.
 El día que salí del Hospital María Ferrer, especialista en vías respiratorias, sin diagnóstico, me propuse no claudicar.
 Le pedí a mi médico oncólogo que ne conectara con el mejor médico del mundo en linfoma. Así fue que llegué al doctor Fernando Cabanillas, portorriqueño director del departamento de hematología en el Hospital MD Anderson de Houston, Texas. Sabía que si no luchaba por mi vida, nadie lo haría.
 En diciembre de 1999 envié a EEUU el taco (muestra del tejido de mi pulmón izquierdo) y las tomografías. No era necesario que fuera a verlo.
 Cada día estaba pendiente del correo electrónico donde recibiría la respuesta de Cabanillas.
 Fue en marzo del 2000. Estaba trabajando en el Consejo de Ciencias Económicas, eran las diez de la mañana.
Las dos personas con quienes trabajaba habían salido. Chequeo mi correo y encuentro la nota de la secretaria de Cabanillas con el diagnóstico y tratamiento para ser entregado a mi doctor. Tenía linfoma no Hodgkin, LNH, de tipo MALT. Debía hacer quimioterapia con mucha precaución por el posible gran sangrado sobre todo en la primera aplicación.
 La noticia cruda y fría me congeló.
Me paré y comencé a caminar dentro de la oficina.
No podía irme, no existía el celular, esperé a que llegue mi compañero y me fui.
Hasta el mediodía estuve desconcertada.
Llamé a mi médico para empezar ya el tratamiento. Trato de calmarme, que quería comunicarse con Cabanillas primero.
No obstante a las 2:30 de ese día fui a dar clases al colegio. Siempre en el aire procesando los pasos a seguir, no fui a la sala de profesores.
Me quedé bajo las pérgolas.
Otra docente me vio, le comenté la noticia y me pidió que me fuera.
Me llevó a hablar con alguien que lo había superado para que me diera consejos. Lo que siguió no fue fácil. Las complicaciones se presentaron entre la 5ta y 6ta quimio. Con medicamentos lo fui superando. Terminé justo antes de cumplir 40 en agosto del 2000.
Festeje, festejé como nunca.
Pero el festejo duró poco. La enfermedad no se había curado y fui a cirugía del pulmón derecho para extirpar buena parte enferma aún.
Tampoco fue el final, siguieron las complicaciones.
Recién al año siguiente la enfermedad se quedó dormida en mi cuerpo.
Si, esa es la palabra. Por eso en 2008 despertó y regresó nuevamente a mis pulmones y en la raíz del mesenterio.
Nuevamente recurrí a Cabanillas: “Hay que esperar el momento oportuno para un nuevo tratamiento”
 Segui con mi enfermedad a cuesta tratando de hacer una vida normal.
En abril del 2010 terminé la carrera de docente universitario
En diciembre de ese año, viajé a ver por primera vez a mi médico salvador. Me dijo que ya era hora de actuar. Me dio el tratamiento nuevo por el término de dos años. Lo hice entre 2011-2012.
 En 2017 comencé nuevamente con sospechas. La prueba más evidente fue una biopsia de tiroides positiva para linfoma. Nuevamente en el hospital italiano. Allí hubo encontronazos entre una hematologa y la patologa: que Sí tiene linfoma, que no tiene linfoma hay que hacer nuevos estudios… y yo en el medio.
 El endocrinólogo del Italiano decidió operarme de la tiroides. El cirujano me llamó por teléfono para decirme que no haría esa locura. Y yo… en el medio.
 Ante esta situación, fui a ver al destacado médico de cabeza y cuello, Dr. Roque Adams en el hospital de oncología Roffo en CABA. Resultado: podría ser linfoma de primer o segundo grado en tiroides.
En abril del 19 me operaron de la orofaringe siendo la biopsia benigna.
Luego tuve mi operación de columna en noviembre del 2019 por un quiste sinovial que no me dejaba caminar. Ahí olvidaron hacer la biopsia. O no pudieron, nunca lo sabré.
 Desde entonces pienso así: mi enfermedad es algo crónico, siempre me acompañará, estará dormida o vendrá con pasos lentos. El linfoma de tiroides quedó en la nebulosa.
No tengo palabras para explicar esa situación. Pasé dos años sin ir al médico.
Necesitaba descansar, dejar de alambrar.
Retome este año 2024 mis controles.
Todo parece estar igual. Nada que sobresalga. Sigo con control de tiroides y de paratiroides. Cada septiembre, los voluntarios de la asociación de Linfomas Argentina, cumplimos con la función de concientizar.
Para ello tenemos un texto : “Si tenés alguno de estos síntomas: Febrícula nocturna, picazón en el cuerpo, cansancio, pérdida de peso o inflamación de ganglios sin motivo aparente, visita a tu médico, podría ser un linfoma”
 Esto es así en general y es la recomendación que doy.
Ahora, qué pasa cuando tus síntomas no encajan en ninguno de ellos? Ese fue mi problema y ese el desconcierto médico.
Verónica Reynoso. 30/8/24