por José Florentino Beorda –
Los tiempos. La Obra.
Si extendemos cual un códice figurado el tiempo, o cual un pergamino, para poder visualizar una trayectoria en este caso literaria creativa, podemos acercarnos a una comprensión más afinada del porqué de su trascendente preeminencia.
Es, será, como ajustar el tiempo, sin llegar a medirlo, para entrever su nacimiento que da lugar al antes y al después que en todo caso, la honra. ¿Existían antes de su aparición antecedentes en estilo, temática, representatividad histórica y/o social? Seguramente. Pero seguramente también, sin ser en modo alguno denotativos o irreflexivos e imprudentes, eran, lo fueron, apenas escarceos. Anticipos de una Gran Obra la cual los absorbe por fundamentación y por características propias.
“En la filosofía de Hernández, la salvación de los gauchos no era una cosa de puro sentimiento, como hipócritamente afectaban creer los europeístas de la ciudad, sino que interesaba al porvenir de una civilización argentina auténtica.” (Carlos A. Leumann. “El poeta creador”)
También porque el momento de nacer era el momento de su gloria. Y ese momento, no es circunstancial, pasajero, en el autor creador. Por el contrario, forma intrínsecamente más allá de sí, parte de lo creativo. Parte de La Obra.
Podrá entenderse lo intrincado de aquella decisión desde la Historia. Desde la Psicología. Desde la Sociología o la Política, pero consideramos que es más aún que ello y que a todas condensa, amalgama y aúna. Se insiste, no es que anula cualquiera de las ramas que toman el desenvolvimiento individual /social, sino que el hecho creativo, por sí, las pliega. Las reúne. Las interrelaciona y con ellas, interactúa.
“Una visión epidérmica o poco paciente… nos llevaría a suponer que no tuvo Hernández un definido criterio ortográfico; cuando a la verdad lo tuvo, muy hondamente fundado, pues meditó una ortografía castellano-gaucha cuyas normas, sin duda a causa de su misma excelencia, no las entendió ningún imitador del habla paisana.” (Carlos A. Leumann. “Edición crítica…”
No las distrae de su misión específica proponiendo algo que “no encaja”, o que no se ajusta a cuanto ellas delimitan como disciplina. Muy por el contrario, las justifica señalando una identidad, en este caso autóctona, munida de una aptitud integradora, que abarcan en el Hombre autor los tiempos de su obra. Tiempos que no se miden a reloj, pero que sí se revelan y se anuncian..
“Hay siempre una hora dada en que la palabra humana se hace carne. Cuando ha sonado esa hora, el que propone la palabra… hace la ley. La ley no es suya en ese caso; es la obra de las cosas. Pero esa es la ley duradera, porque es la verdadera ley”.
(Juan B. Alberdi. “Bases y Punto de Partida”.)
La obra de José Hernández nace como matriz porque las partes que componen esa matriz, anímica – espiritual – moral, habían ido naciendo desde el comienzo mismo de la comunidad que engloba.
Esa vitalidad; y tal energía, se resumen y estallan en Hernández a través de su personal percepción. De su preocupado análisis motivado por aquella concepción que al ser global (telúrica – universal) e integradora, le permite evaluar para conocer. Comprender para crear… Asumiendo el compromiso y el riesgo de una transformación literaria y una nueva -¿por qué no?- visión conceptual existencial (humana – vivencial), que desde su misma creación se hace accesible, profunda y práctica.
“Enalteciendo las virtudes morales que nacen de la ley natural y que sirven de base a todas las virtudes sociales…”
“Afeando las supersticiones ridículas y generalizadas que nacen de una deplorable ignorancia”
“Inculcando en los hombres el sentimiento de veneración hacia su Creador, inclinándolos a obrar el bien…”
“Afirmando en los ciudadanos el amor a la libertad, sin apartarse del respeto que es debido a los superiores y magistrados…” (De: “Cuatro palabras de…”)
/- El símbolo
Delicado es Hernández en su misión docente y practicidad didáctica. Se apega a la Tierra… y desde la misma Naturaleza canta.
Construye para delimitar todo aquello que limita para no construir.
Esa es su parte personal. La que dignifica al creador como ciudadano y Hombre de bien, que no es poco decir.
Ya dejó de ser el bardo que a través de sus trovas entretiene o cuenta historias.
Es el Hombre frente a sí mismo. Frente a todo ciudadano en la misma Historia de su pueblo quien, sutil, metafóricamente nos dice: “Esta es la parte que me toca. Esta mi Palabra. Mi verdad. No permitáis que muera esta historia”… Y su personaje central “salta” a la vida, más que intelectual, espiritual – moral, épica, al sólo efecto de afianzar una verdad y una conquista:
Que todos nos persuadamos de la misma exigencia:
La valoración última e íntima del Hombre en “su” tierra, como un todo que a todos nos aúna y representa.
Quitémosle a Martín Fierro su vestimenta gaucha para especificar la idea… y tendremos en él un símbolo esencial. Un Hombre atemporal, universal y autóctono, no tan solo la amenidad de una circunstancia o la particularidad de una época.
– La meta
¿Sentimos a José Hernández al leer su Poema?
¿Somos sabedores que en su pluma; a su través, corren sus vivencias? ¿No ya las normales y formales de circunstancia, paisaje, forma, sino aquellas que dieron origen creativo a su actitud pragmática, docente y poética?
¿Habrá que releerlo pensando en su autor más que en su personaje casi de novela?
Es posible… Y es posible porque allí está la substancia elemental primera.
Hagamos ausencia momentánea de su nombre al leer/releerlo. El de “Martín Fierro”, y prosigamos en tanto la esclarecida marcha de su SIMBOLISMO universal hasta alcanzar una meta.
Una meta, para el caso -explícito en la obra-, se alcanza no porque se sepa puntualmente cual es. Se alcanza… porque se llega.
Se llega y al hacerlo, se sabe que se llega y se descansa.
La satisfacción anímica – espiritual – moral, toda ella, de alcanzarla, es síntoma de que allí está y es, la única válida respuesta.
No es que ha de llegar lo que sea (azar)… O se ha de llegar “adonde sea” (desequilibrio). No.
Se llega. Se alcanza, lo que satisface cada necesidad. Cada “sed”. Para el caso, una respuesta que armonice en el Hombre, integrándolo… lo anímico-espiritual-moral en la vivencia.
“Si hemos de salvar o no –
De esto naides nos responde.
Derecho ande el sol se esconde
Tierra adentro hay que tirar;
Algún día hemos de llegar…
Después sabremos adónde”.
Y para ello hay un Norte. El sentido y guía de la propia Naturaleza.
(*) (Todos los versos comienzan con Mayúsculas: Seguimos estrictamente la ortografía y su gramática tan particular, incluidos los guiones a final de versos, basados en la “EDICION CRITICA” de Carlos Alberto Leumann.)