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El halcón… Introspección y desahogo

por José Florentino Beorda  –   

Fábula

          Ref. “El halcón en su parábola (3)”

-¡Detente! (Entonada y ronca, su voz, detuvo mis pasos y mis ideas.) -¡No sigas por ahí!

Cubierto de bruma y niebla, vacilante, el día amanecía.

-Pero cómo. (Balbuceé, un tanto sorprendido). ¿No era ésta la ruta convenida?

Sobre escuálida rama de erguido árbol sin piel… allí estaba, quieto, alas al cuerpo, observándome. (Aquella vez, sólo aquella… le supe temer.)

– Debes escucharte a ti mismo y debes respetar tus límites. Internos… y externos a ti. Sin apresurar tu paso para saber andar.

Observé dificultoso a través del celaje… Opresor del instinto; de la razón… Del paisaje.

-¿Ahora comprendes? (Aleteando delante… Pupila hiriente.)

-¡Quizás! (Reconocí con voz trémula en mi perplejidad.) Hay un área barrancosa por debajo y por delante de mí.

-Eso es. (Y el suave y ronco graznido del que sabe… aún más.) Apártate. No dudes! No sigas por ahí.

Con enérgicas alas, sin pausa y sin premura, disipó penumbras mientras una nueva senda escalonada y tosca, se abría para mis pies.

-Pude haber caído!

-Siempre existe esa posibilidad. (Murmuró)

-¿Por qué todo es tan frágil?

Apenas si un instante, breve, para responder:

-No para mí. No para mí.

-¡¡Claro!!, dije… (Apresurado. Levantando la voz.) ¡¡Porque tienes la ventaja del ala!!

Se había posado un poco más arriba, hacia donde miraba su interlocutor.

-¿Y qué ventaja, la naturaleza, reserva para ti?

Del pico curvo colgaba alguna pluma… que dejó caer y que no me atreví a tocar. Sólo dije para mi fuero íntimo: “¿Qué querrá de mí?”

-Pues alguna debes tener contigo para poder subsistir. (Siguió diciendo, con imperioso tono grave de reflexión.)

-Es que no puedo ver desde arriba lo que tú vez.

-¡Ahh¡ ¡Es eso!… (Sobrevolando sobre el barrancoso lodazal y por sobre mí estupor. El jaspeado plumaje abierto.)

-No. No tengo ventajas sobre ti. Sólo sé adónde voy, y del límite natural que rige… y por el cual me guío… para que haya armonía.

Así lo ha dicho. Así he quedado, concentrado… andando.

La explanada de descanso, al fin, llegó para mis pies. Piedra, raído arbusto y sensación. De lejos, me observaba, quieto. Sólo eso. Lo cual bastó para mi auto reprensión dicha en alta voz:

-Falsa apariencia de quien eres. Vanidad personal. Destrucción decadente. Vicios que me aturden… Inquietud y ambición desenfrenadas. Desnaturalización… ¡Para qué seguir!

…………..

Suave, cálido, el sol cargaba de a poco mis espaldas y el aire fresco que pausaba el andar, comenzaba a ser algo propio… más límpido y sutil.

___________________

 

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