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LITERATURA, LA HORA DEL CUENTO: Y YO ME LA CREÍ…

Y YO ME LA CREÍ…

por Rodolfo Oscar Negri   –      

Había llegado a la confitería temprano. Tenía que esperar un buen rato para abordar el colectivo para volver a Uruguay, pero venía preparado: además del bolso, traía “El general en su laberinto” de Gabriel García Márquez, un acercamiento íntimo como solo podría escribir la pluma del gran autor colombiano.

Me instalé en una mesa del fondo, casi escondido, acomodé el bolso y busqué la mejor ubicación para disfrutar de lo que tenía entre manos. La idea era poder leer con tranquilidad y así aguardar las dos horas muertas que tenía que consumir.

Un mozo casi a la fuerza se acercó después de esperar un largo rato, a pesar de que no había casi parroquianos, lenta y visiblemente a desgano.

Casi de memoria pedí un cortado en jarrito, con un vaso de soda.

Tardó en llegar como si hubiera solicitado el plato más sofisticado en un restaurante de lujo. No me importaba, tenía tiempo de sobra y -además- contaba la buena compañía de esa amiga que no nos falla nunca: la lectura.

Me sumergí en el libro y hoja tras hoja fui devorando el relato, con la fascinación que tiene la pluma de García Márquez y la admiración que tengo por la historia y la trayectoria del Libertador Simón Bolívar.  La novela histórica -creo que es la única que hizo Gabo- es impecable e imperdible.

De pronto mi mundo ficticio se desplomó, porque me distrajo un bullicio de tres jóvenes mujeres que se ubicaban en una mesa cercana.

Intenté retomar la lectura, pero había algo que me distraía. Me sentía observado. Percibía que había ojos que se clavaban en mí y eso me inquietaba. Me acomodé en mi silla para poder mirar mejor y -estratégicamente- ubiqué el libro de manera tal que me permitiera ver que era lo que estaba pasando.

Eran mis vecinas y de ellas una en particular, que estaba ubicada justo frente adonde yo estaba, me miraba.

Bella, morocha, alta, buena figura, de mediana edad, parecía no sacar sus ojos del lugar donde yo estaba.

No soy ningún galán precisamente, por lo que extrañado miré a mi alrededor; pero no, no había nada detrás mío. Estaba casi pegado a la pared y las mesas de los costados estaban vacías.

Trate de volver a las letras para encontrarme con el general granadino Francisco de Paula Santander, pero la curiosidad era más fuerte, me turbaba y no permitía que me vuelva a sumergir en aquellos tiempos y entre aquellos personajes lejanos…

La realidad del presente me llamaba y estaba allí, delante de mí y me miraba.

Miré por encima del libro, y los ojos de la morocha apuntaban hacia donde estaba yo. No cabía ya ninguna duda. Realmente me extrañaba, pero era así. Bajé el libro y ella sonrió mientras se sacaba un mechón de la frente, como para que sus ojos pudieran verme mejor. No podía creer lo que estaba pasando. Seguramente era una trampa de mi imaginación.

Levanté el libro nuevamente y busqué escaparme por el laberinto que me sugería García Márquez; pero por una fuerza extraña, mezcla erótica de hedonismo y vanidad, el libro bajaba y subía para permitirme verla.

De pronto hacía muecas, sonreía, hacía mohines.

¿Qué hacer? ¿Cómo actuar? Comencé a sonreír, como para responderle sintiéndome obviamente halagado.

El tiempo transcurría y Simón Bolívar había vuelto al siglo XIX, mientras yo comenzaba a intentar tomar el timón en el XXI por encima de una situación -para mí- inédita.

¿Acercarme a ella para hablarle? ¿Hacerle señas para apartarnos hacia otra mesa?

Mi corazón ya no latía, galopaba. Mi mente trabajaba a mil cuando la escena pareció congelarse. Quien se paró fue ella. Casi parsimoniosamente separó su silla, tomó su cartera y comenzó a caminar hacia mí. Me quedé endurecido. Inmóvil. La escena parecía desarrollarse en cámara lenta.

Ella venía hacia donde estaba yo y yo, paralizado. Tenía un valor que a mí me faltaba. Así pude ver mejor su esbelta y preciosa figura que, contorneándose, se me acercaba.

¿Hablaría ella o hablaría yo?

Llegó hasta donde yo estaba total y absolutamente petrificado, y -para mi sorpresa- se paró a mi lado, pero ya sin observarme.

Abrió su cartera, sacó un lápiz labial y se dedicó a pintarse mirándose en un enorme espejo que estaba por detrás de mí, apenas arriba de la altura de mi cabeza.

 

Este cuento forma parte del libro “De todo como en botica” de Rodolfo Oscar Negri, editado en enero de 2017 por el espacio editorial UCU.

Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 3/7/2022

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