EL SILENCIO DEL INOCENTE (1)
por Rodolfo Oscar Negri –
Ni una palabra, se decía y se repetía. Desde que volvimos de las vacaciones, no hace más que responderme con monosílabos. Hacía rato que no pasábamos unos días de vacaciones en el mar con mi hermana y su familia, así que ese fue el plan este año. Roberto, mi marido, siempre estuvo muy bien con ellos –incluso no dudo que les tiene cariño-, pero esta vez y sobre todo después del regreso, su gesto se endureció y su voz desapareció.
Recorro una y otra vez cada momento que pasamos en los diez días y no encuentro una sola discusión ni con mi hermana o mi cuñado o cualquiera de sus hijos… ¿entonces qué? ¿Algún acto, actitud o comentario que haya tomado mal, de manera ofensiva o lo haya podido ver como un desprecio? Repaso, repaso y no encuentro nada. ¿Será por dinero? ¿En algún momento habrá quedado algo que no debíamos pagar y al que hicimos frente y considera que se han aprovechado? Tampoco viene a mi mente ninguna situación así, además Roberto –y lo conozco bien- jamás haría un planteo familiar por plata.
Desde la semana pasada, que volvimos, la situación está así y yo desesperada por saber que está pasando, por entender que ocurre, que le ocurre. Angustiada –además- porque me hace mucho mal estar así. Veo un rictus en su rostro, tenso, adusto, de permanente preocupación. ¿Y yo? Parece que no existo para él. Creo que desde que terminamos de cargar las cosas en la cabaña de la playa y nos despedimos, no lo vi volver a sonreír. O que digo sonreír, hacer una mueca que al menos parezca una sonrisa.
Después el viaje: Cinco horas, hasta llegar a casa, en total silencio. Cuando quería hablar o conversar sobre los momentos vividos, me ponía el dedo en la boca para que me calle. Si prendía la radio, él la apagaba. Estoy convencida de que el hombre cuando está de vacaciones y se saca las obligaciones laborales de la cabeza, comienza a pensar sobre las cosas que lo rodean y normalmente fantasea pavadas. Encuentra cosas mal hechas, errores por todos lados, desaprueba como los demás hacen las cosas, descubre malos tratos, desprecios o que se yo cuantas estupideces de la vida cotidiana que, normalmente, con la vorágine del trabajo diario, ni tiene en cuenta.
Tal vez sea yo la causa de ese malestar. ¿Qué le habré dicho para ponerlo así? ¿Qué habré hecho que lo ha ofendido de tal manera? ¿Quizás cuando lo interrumpí, desviando el tema, en el momento en que relataba su viejo y repetido hasta el cansancio cuento de su servicio militar o el de su ingreso a la Universidad o cuando le corregí la vez que decía que la mesa medía 1,80 y yo le dije que no, que no era así, que medía 1,78? Nada de eso creo que da para tanto, que merece semejante castigo. ¿Sexo? Y si, nada de nada por los diez días que estuvimos allá. ¿Cómo es posible hacerlo, si estábamos hacinados en una cabaña diez personas y durmiendo en habitaciones compartidas? Tampoco él me buscó, pero tampoco lo hizo cuando regresamos.
Acá está pasando algo que no sé y que me carcome y angustia. ¿Si le pregunté? ¡Pues claro que le pregunté! Su respuesta tuvo las mismas características que todas las demás, un mensaje telegráfico, casi monosilábico:
- No pasa nada.
Ahí, solo eso. Y si insistía, agregaba:
- Si pasa algo, ya te vas a enterar…
Y me lo dejaba ahí, en el aire. ¿Y yo? Yo sufriendo como una condenada por no comprender que era lo que estaba socavando mi vida, que me carcomía por dentro.
Entonces me asaltó la idea ¿No habré estado tan enceguecida por pasarla bien con mis familiares, que no me di cuenta que la relación se estaba deteriorando? ¿No habrá otra?
Esa pregunta era la que no quería hacerme, la que venía evitando, la que ni siquiera quería mencionar… pero ya no podía eludir la posibilidad. Lo que estaba ocurriendo era un síntoma y todo síntoma tiene una causa. Por otro lado, ya eran varios días de distancia y ni miras de que el tema mejore.
Por otro lado, como soy muy reservada, solo lo hablé con Sofía –mi hermana-, Fernanda –la vecina de enfrente- y Marta, la verdulera de la esquina. De ellas no conseguí más que palabras de consuelo y en sus ojos no encontré más que un sentimiento de lástima. Conclusión, no me sirvió para nada. Tal vez lo único positivo es que me permitió poder hacer un poco de catarsis.
Pero no me puedo quedar así. Aún rompiendo reglas elementales de respeto y consideración –se dijo- tengo que averiguar qué es lo que está ocurriendo de cualquier forma. Esta tortura no se puede aguantar más. Me puse en campaña y estudié cada uno de sus movimientos, para espiarlo. Para poder ver si pescaba algo. Comencé a revisar su ropa, los bolsillos, oler sus camisas, hurgar en sus cajones… pero nada, absolutamente nada.
El tiene la costumbre de ir a todos lados con su celular y yo jamás le prestó atención a sus diálogos; pero ahora, no solo comencé a parar la oreja, avance mucho más: ahora trataba de escucharlo, aún cuando hablaba en el baño o en su habitación.
Entonces fue cuando ocurrió.
Estaba en el baño y yo, recurriendo a la vieja técnica del vaso invertido sobre la puerta, pude escuchar clarito. No sé con quién conversaba, pero el escucharlo era suficiente.
- Esto no da para más –dijo- no sabes la paciencia que he tenido, pero no ha cambiado nada. En todos estos días no he podido sacármelo de la cabeza…
Hubo un silencio y después continuó.
- ¡Claro que hablé con especialistas…! pero –te cuento- visité a dos y son puro discurso y con discursos no se arreglan situaciones… y yo, yo no puedo seguir preocupándome así, vos sabes como me afectan estas cosas… fue un martirio tener que soportarla durante todo el camino de regreso de las vacaciones…
¿Qué es esto? ¿De que habla? ¿Habrá ido a sicólogos? ¿Cómo jamás me dijo nada? ¿Un martirio el soportarme? El tema es conmigo, ya no hay dudas, concluyó.
- Por otro lado, ya tengo pensado –te anticipo como primicia- dejarla y cambiarla. Pateo el tablero. No sabes la belleza a la que estoy apuntando. Ella tiene todo, es moderna y me hace sentir más importante, más seguro, hasta –te diría- más hombre… eso sí, esta aventura me va a costar sus buenos pesos…
¡AHÍ ESTA…! El hijo de puta tiene otra… es eso… otra… me va a abandonar por una más joven… Y plata… ¡le corto las pelotas si me entero que tira plata en una loca…!
- Te digo que con la vieja, hasta acá llegue… hice todo lo posible, ahora que se la banque el que la baraje…
Viejos serán los trapos, la puta que te parió… la gran siete… ¡Pero… Por Dios…! Tantos años y no se con quien estuve… Me abandona… ¿Qué voy a hacer de mi vida?
- Después de todo en todos estos años me fue útil, pero no responde igual, ya me cansó y vos sabes que esos problemas me ponen loco, así que a otra cosa mariposa…
¿Así que “te fui útil” –pensó, mientras sollozaba amargamente-, turro de mierda? ¿Te cansé? Te di mi amor, lo mejor de mí, mi juventud, los mejores años de mi vida y solo sos capaz de decir que “te fui útil”… ¿Acaso te crees que vos “respondes igual”? ¿Qué para vos los años no han pasado? ¿Tan fácil das un portazo? Desagradecido, insensible… Decirte hijo de puta es generoso para vos…
- Por otro lado, la puta falla aparece solamente cuando paso los 130 kilómetros por hora… solo se da en alta… Si el que la compra anda despacio, la camioneta no tiene problemas…
- ¡¿…?!
(1) Este cuento forma parte del libro “Historias de la Rys y otros cuentitos” de Rodolfo Oscar Negri, editado por el espacio editorial UCU en diciembre de 2014 y reeditado en diciembre de 2020.
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 29/5/2022