LA INCREÍBLE HISTORIA DE LAS VACAS VÍRGENES [1]
por Rodolfo Oscar Negri –
Era la quinta vez que trataba de ponerme en contacto con el encargado del campo de Villaguay, sin éxito.
Había que terminar el inventario de los valores de los bienes de la fallecida, doña Dolores Teresa del Valle Victorica que se venía retardando mas de lo habitual y demoraba los trámites del sucesorio. Solo faltaba determinar la cantidad de cabezas existentes y ponerle valor a las mismas.
Los herederos –ansiosos de hacerse con su cuota parte- me llamaban todos los días desde Capital Federal al estudio, para ver la evolución del juicio. Claro que no habían mostrado un interés parecido por la suerte de la tía cuando ella vivía, ni por su situación o sus necesidades.
El poco afecto y la soledad habían rodeado a la anciana en los últimos años de su vida, los sobrinos –distantes, mas por el lado físico y emocional que geográficamente- solo se acercaban a visitarla cada vez que precisaron dinero para alguna inversión o algún gasto extra; pedidos a los que ella, invariablemente, se había negado a satisfacer.
Ahora no estaba y más allá del dinero, que era todo una incógnita y que despertaba la codicia de sus herederos, la expectativa era otra, estaba la joya: un enorme campo en el centro de la provincia de Entre Ríos, con una gran cantidad de ganado. Este último era el punto justamente que personalmente tenía que resolver: darle valor a esa parte del patrimonio para que permitiera continuar con las tramitaciones.
El administrador, que doña Dolores tenía en el campo desde hacía muchos años, era un correntino entrado en años –pero de una edad indescifrable-, de mirada torva, ladina. Una de esas personas que baja la cabeza y no miran jamas a los ojos cuando hablan. Contestaba permanentemente con evasivas a todas las preguntas que se le hacían. Era raro que se mantuviera en el cargo, pero –decían- que se le había ganado al difunto marido de la ahora desaparecida anciana, porque había sido mano de obra en algunas operaciones poco limpias que el dueño de las tierras había encarado cuando hizo su fortuna.
Pero, mi urgencia, no era discutir la permanencia o no del administrador, sino otra. Seguir adelante con todos los requisitos necesarios para terminar el juicio sucesorio, dar respuesta a mis clientes y para eso lo necesitaba.
Le había adelantado al señor Torres –ese era el apellido del administrador-, la necesidad de disponer del conteo del ganado y de mi viaje hacia el campo acompañado por los encargados de la tarea. Quería organizarlo con él para que todo saliera perfecto, pero me evadía sistemáticamente. Primero un cuento, después otro distinto, mas adelante otro diferente… y después silencio. Directamente no me atendía.
Así fue pasando el tiempo y la presión de los beneficiarios era cada vez mas grande.
No creo exagerar si digo que hacía cuatro meses que buscaba acomodar el viaje a las agendas de los que participaríamos del mismo y coordinar el trabajo a realizar, sin éxito.
Aquella mañana, cuando ya había previsto realizar mi viaje aún sin la coordinación y el acuerdo con el administrador, me llegó una extraña carta redactada en forma manuscrita y con una caligrafía que costaba entender, pero que decía:
“Villaguay, X de enero de XXXX.
Mi muy respetado doctor:
Si bien no soy amigo de escribir y menos cartas, me he decidido a hacerlo para que no se tome la molestia de venirse, y encima con otra gente, al campo a contar las vacas. No se moleste. No hay ninguna.
Hace unos cuantos años, teníamos doscientos treinta vacas que se alimentaban con el suficiente pasto que había en el campo, generoso por cierto; pero resulta que no teníamos ningún toro. Varias veces fui hasta la casa de doña Dolores, en Concepción del Uruguay, a pedirle fondos para alquilar un toro; pero ella jamás me dio un peso. ¿Para qué? Me decía. ¿Para qué se las lleven los buitres?
Así pasó el tiempo sin que las vacas encontraran compañero y fueron envejeciendo, sin tener descendencia. Una a una se fue muriendo, de viejas nomás, sin tener una alegría las pobres, y así, las fui enterrando.
Quien le escribe, jamás uso a ninguna de ellas para la venta de su carne y la utilización de su cuero, nunca me hubiera permitido ni atrevido, porque eso sería deshonesto y para hombre derecho y honrado, no hay como yo. Palabra.
Así que no puedo mostrarle vacas, pero sí las tumbas donde descansa cada una de ellas.
Le cuento, eso sí, que si se decide a visitar al campo, no me encontrará porque he resuelto renunciar a mi cargo y también quiero enterarlo que en este preciso momento -mas allá de la renuncia que presento al cargo que me había dado el marido de la finada- me voy de viaje.
No le doy la dirección, porque no sé ni yo mismo adónde voy a recalar.
Así que no se preocupe por buscarme.
Me han dicho que hay campos muy lindos en venta por el norte de la República Oriental o en el sur de Brasil.
Con mi más distinguido respeto.
Su Seguro Servidor
Asencio Nicanor Torres.”
La carta estaba, con sello del correo del Paraguay, fechada dos meses antes de que llegara a mis manos.
[1] Este cuento ganó una meción en el Certamen Provincial de Poesías y Cuentos Cortos “Héctor de Elía” en su edición 2015 –categoría C- , organizado por la Escuela Media 8 de Colonia Elía (ER)
Este cuento forma parte del libro “De todo como en Botica” de Rodolfo Oscar Negri editado en febrero de 2017 por Editorial UCU
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 17/4/2022