Por Silvina Gabriela Inchauspe –
Estaba sentada, corriendo, observando tímida y callada pasar su tiempo; en un vacío sin precedentes. El viento solo susurraba su dolor, cantando sobre aquellos angustiosos años de nacimiento; dibujando y coloreando su invisible sombra de sombría y homónima soledad.
Solo quedaban astillas, fragmentos de vida; arenas con lloviznas, soles por parir. Nubes indecisas; palabras innombrables; silencios; cosechas sin semillas….
Su andar era tenue y fugaz como el fluir de los arroyos, mientras que su mirada de opaca claridad siempre apuntaba hacia algún que otro horizonte infinitamente impensado; diáfano, equidistante.
Su alma disipaba entre un pasado y un pretérito imperfecto; quedando atrapada en aquella telaraña, sin miedo a la muerte o al disfraz de la in-humana eternidad.
Montaba de ratos su hipócrita venus vestida; fantaseando coronarla; quien sabe en qué universo perdido; añejado; con su andar de envejecer…Tocaba el suelo y sollozaba, áridas sus manos por danzar en una ciénaga, siendo lo único cual conociera al nacer.