Por Susy Quinteros –
Madres campesinas
Nacieron en extensos campos abstraídos en soledades, bendiciones y fracasos. Atrás quedaron fotos con largas polleras, pañuelos y rodetes, muchos hijos y hombres con trajes negros. La mesa de los días olía a cebollas, albahaca, salsas y ajo picado. Fueron jabón sin perfume, uñas sin pulir, vientres con paciencia. La cocina era un reino sencillo donde había una pava que siempre hervía la modorra del invierno o el mate cocido acompañando las tareas. Aceptaron la muerte con dolor moderado y salieron en sulkys a desparramar tristeza por los caminos. Las noticias no iban más allá del alambre y la ida y regreso del sol daba la hora en los paraísos. Ya no vive en sus manos esa tierra que abandonaron hace mucho. El progreso las sorprendió con calles y edificios, automóvil y televisión.
A pesar de tantas novedades les quedó en el pecho la imagen de ese árbol que, en la entrada del patio recibía visitas de domingo.
