Por Susy Quinteros –
Las palmeritas de doña Inés
La evocación de crocantes palmeritas recupera un tiempo de madres de largo conversar, brisas en las trenzas, sencillo vestido. En trajines domingueros la fuente de doña Inés – la vecina de ese barrio de zanjones sin veredas-, llegaba con fragancia de limones y huevos con vainilla. El delantal descansaba en la pileta colores sin silueta. Bajo las casuarinas, de una silla a otra, se vertían palabras sin apuro. Eran tardes de domingo por horizontes de calles quietas y cantoras arboledas. Un disfrute sencillo de risas y mates repetía saludos con olor a tierra regada. Los niños jugaban entre saltos, corridas, alguna pelota que había quedado al resguardo de futuros partidos y, la mirada atenta de las hermanitas desde la vereda. Aquellas palmeritas dejaron sabores inocentes en las bocas y juegos de esquinas en las piernas.
Hoy, la añoranza me invita a pasear por espumillas, bancos escolares, orquesta niña, y las santas hogueras de San Juan.
