El miedo es, en principio, una respuesta adaptativa frente al riesgo o al peligro. Se trata de una alerta interna que nos avisa y nos invita a tomar una posición prudente y cauta. Por lo tanto, cumple un papel muy importante en la preservación de la vida y de la integridad. El escritor H.P. Lovecraft decía: “La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo…”
Sentir miedo es algo normal. En circunstancias de peligro se activa, de manera instintiva, un sistema de protección frente a posibles ataques o situaciones que puedan generar algún desequilibrio. No siempre el temor se da frente a amenazas reales. A veces se trata simplemente de fantasías que nacen de experiencias traumáticas y que se enquistan en la mente. No obstante, la forma de reaccionar ante algo temido varía de una persona a otra. Hay quienes actúan agresivamente mientras otros se quedan inmóviles.
Tener miedo pesa. Opaca y sepulta nuestras capacidades y habilidades. Miedo a ser rechazado o ridiculizado, miedo a ser abandonado en los afectos, temor a parecer inepto o insuficiente en cualquier trabajo, terror a sufrir por alguna enfermedad. El miedo es un enemigo poderoso, y su mejor arma, hacernos creer que un futuro catastrófico ya es un escenario real. En muchas ocasiones es irracional y no responde a ninguna lógica ni a hechos tangibles.
El miedo es contagioso, infundado la mayoría de las veces, pero tan contagioso como un virus. Pocas emociones pueden alterar y cambiar tanto la estabilidad de una persona y del mundo en su totalidad como el temor más irracional. Emoción que viaja a golpe de clicks, noticias, imágenes que compartimos y comentarios que publicamos. Puede bloquearnos y hacer que no reaccionemos desde la razón. El miedo es contagioso y nos puede hacer perder el control. Cuando surge, siempre hay algo que lo alimenta y aumenta sus dimensiones, saltando de mente en mente y de corazón en corazón hasta secuestrar la calma y dar paso al pánico, ese que empeora aún más cualquier situación.
Hay una verdad universal: el miedo sólo se supera enfrentándolo. Muy fácil decirlo, muy difícil ponerlo en práctica, pero así es. Hacernos conscientes de las causas nos permitirá evaluar si corresponde a un temor que busca protegernos de un peligro real o si se trata de un desequilibrio imaginario en nuestra vida. El coraje está hecho de miedo. La diferencia entre un “cobarde” y un “valiente” es simplemente una decisión. No es que el “valiente” no tenga miedo, sino que ha decidido transitarlo en lugar de evadirlo.
Ante un mundo que cambia de manera rápida, hay que diseñar un “plan de escape”, saber reaccionar, definir un plan de acción y ser responsables de cada decisión, de cada avance. Debemos empezar a generar cambios, a habilitarnos en nuevas competencias, despertar valías, fortalezas psicológicas y ser capaces de adaptarnos a una nueva etapa vital y social con esperanza y resiliencia. Nos imaginamos todo tipo de peligros potenciales… pero éstos raras veces existen aquí y ahora. Son peligros que solamente habitan en nuestra mente y, tal vez, nunca se convertirán en reales. Es el miedo a los fantasmas y nuestros propios fantasmas del miedo.
“Un león que tenía sed se aproximó hasta un lago para beber. Al acercarse vio su rostro reflejado en el agua, entonces dijo: -¡Vaya! Este lago, seguramente, pertenece a este león. Tengo que tener mucho cuidado con él.
Unos minutos después volvió a intentarlo y, al ver al león, abrió sus fauces de forma amenazadora, pero el otro león hizo lo mismo; sintió terror. Salió corriendo, pero volvió varias veces, y siempre huía espantado.
Como la sed era cada vez más intensa, tomó finalmente la decisión de beber agua del lago, sucediera lo que sucediera. Así lo hizo. Y al meter la cabeza en el agua el otro león desapareció.”
Fuente: Baenegocios.com