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Atardecer en el Palacio: un paseo al siglo XIX

El viernes 21, cuando el sol comenzaba a teñir de dorado los muros del Palacio San José, cerca de 400 visitantes cruzaron el umbral del tiempo para experimentar una velada única. La tercera edición de Atardecer en el Palacio – Museo en Vivolos esperaba con puertas abiertas, banderas decorando el Patio de Honor y personajes listos para cobrar vida.

En algunas habitaciones de la casa el siglo XIX revivía con personajes que, ocupados en sus quehaceres, parecían no notar la presencia de los visitantes.

En la Sala de Recepciones, Clodomira y Lola ensayaban música para los festejos, sin sospechar que tenían una gran audiencia. Mientras una deslizaba los dedos sobre las teclas del piano, la otra entonaba melodías, ajenas a las miradas curiosas que se posaban en ellas. Mientras tanto, en la sala continua dos costureras comentan sobre la dulce voz de Lola y practican puntos de bordado pacientemente.

En la sala de juegos, Benjamín Victorica practicaba con paciencia sus tiros de billar. No era un simple pasatiempo: necesitaba perfeccionar su técnica antes de enfrentarse a Urquiza y, entre tiro y tiro, encontrar el momento ideal para pedir la mano de su hija Ana. Su confidente en esta empresa era Vicente, el mayordomo, siempre atento a las conversaciones que se colaban por puertas entreabiertas. Entre consejo y consejo, Vicente acomodaba la vajilla en la mesa del comedor con la precisión de quien sabe que un plato mal puesto puede arruinar una cena… y una reputación.

Mientras tanto, en la sala de baños, Ana se preparaba con esmero. «Juana, que la jofaina tenga agua de rosas, quiero oler bien», ordenaba con la emoción de quien sabe que cada detalle cuenta cuando el amor está en juego.

En la cocina había mucho actividad: el cocinero y su ayudante amasaban pan sin descanso, porque en un banquete nadie debía quedarse con hambre (y menos aún en una casa tan ilustre). Desde la despensa, Ceferino supervisaba el stock, mientras su joven ayudante Aurelio fantaseaba con probar el famoso vino patero. «Algún día», pensaba.

Por los patios marchaba Hilarión de La Quintana, Comandante de la Guardia Personal, asegurándose de que todo estuviera en orden. No había disturbios a la vista, pero un comandante siempre debe mantenerse alerta… y, de paso, intercambiar algunos comentarios con los trabajadores de la casa.

En el zaguán del Patio Posterior, los visitantes se encontraron con algunas agentes del museo, encargadas de conservación, documentación de colecciones y archivo y biblioteca del museo. Compartieron información sobre sus labores cotidianas, mientras respondían preguntas.

Más adelante una escuela de danza revivía los bailes tradicionales, cerca del portón hacia el Parque del Lago, donde Justa disfrutaba del atardecer junto a la niña Haydeé, entre sorbos de té y versos de poesía. En la glorieta del Parque del Lago, dos hijas de Urquiza entonaban melodías líricas al piano, dándole un aire aún más mágico a la velada.

En la capilla, el Capellán recorría el espacio con orgullo, compartiendo historias sobre la arquitectura, el pintor uruguayo Blanes y las reliquias allí expuestas, instruyendo al soldado que lo acompañaba. Algo apreciado de su presencia fueron las estampitas de San José que entregó a los visitantes, como un pequeño recuerdo en honor a la fecha.

Como toda buena historia debe cerrar con un banquete, al salir por el portón de acceso cotidiano, los visitantes encontraron, en el área recreativa, puestos gastronómicos de Concepción del Uruguay.

Así, entre música, teatro e historia, Atardecer en el Palacio volvió a demostrar que el pasado nunca está tan lejos… basta con abrir una puerta y animarse a cruzarla.

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